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Las ceremonias (selección) Andrea Franco

A galope

Atravesé el campo abierto

a galope     a pelo sobre una yegua

toda blanca y la panza

entre mis rodillas firmes.

Ellos miraban de lejos 

una lady godiva

un jinete sin cabeza 

una ilusión que atravesaba la tierra

y bajaron sus periódicos

soltaron las mandíbulas 

mientras yo zigzagueaba limoneros.

Esa semana me caí tres veces

pero ni una 

dejé que alguien me viera.

 

Fosa

Enterramos al sapo

le dimos

besitos en la boca

un conjuro

en medio del humedal

cavamos a cuatro manos

una forma de unirnos

a toda esa tierra

arenosa

el viento ágil 

nuestro pelo demasiado corto

las uñas prolijas

redondas y rosas.

 

Ley

A la naturaleza siempre 

respeto, dijiste, al mar picado

respeto a la noche en medio del monte

a los erizos encallados en la piedra

a la tormenta. 

No podemos cambiar el curso, dijiste

pero mucho menos

tentarlo.  

 

Crucifixión 

Había un cadáver

en el patio del fondo 

un cuerpo chiquito

de murciélago,

los brazos abiertos 

y dos estacas 

una en cada mano. 

Yo los había visto ciegos 

atados y muertos 

pero nunca así 

en cruz fumando

los chicos del barrio, se decía 

los cazaban 

decoraban los postes de luz

con pequeños altares 

les metían cigarrillos en la boca

todavía vivos

los hacían fumar. 

 

Hierba Mala

No quedó más de esa tarde 

que mi cuerpo contra el alambrado 

el pelo negro y la yegua 

en su intento de arrancarme 

del lomo como a garrapata 

como a hierba mala, la carne

cediendo el paso.

Captura de Pantalla 2022-10-12 a la(s) 10.01.23

Tres poemas de amor /Josefina Del Pópolo

El Círculo

te encontré hace doscientos mil años
recorrimos el día en ochenta mundos
una serpiente nos acarició la espalda
los colores no tenían nombre
no existían los perros ni sus ladridos,
los pecadores no había
asfalto, ni modas
la música era sólo ruido
drogarse era dormirse y soñar

me buscaste hace doscientos mil años
recorrimos el día en ochenta mundos,
una serpiente nos acarició la espalda
el recorrido
del agua
inventó el mapa, con la rueda
la civilización
nace una jirafa en África
valientes cruzan la cordillera

a pie

el sonido viaja por cables eléctricos,

nosotras
también

Los durmientes

las vías del viejo ferrocarril,
esas contenciones de madera
que ahora no soportan
rieles, sino personas

¡qué poca vida útil
tienen!

¿sabías qué se llaman durmientes?

yo no sabía nada.

ni de su uso,
ni de cómo
me gusta que me enseñes cosas,
esas que están
alrededor
nuestro
todo
el tiempo
y no las
veo

Una casa propia

sé que en mis ojos buscas poesía
mientras veo pasar
perros
sin dueños
ni nombre

te festejan,
te persiguen,
yo también.

mientras dominas el fuego,
yo imagino
una casa propia
con pisos de madera,
cocina equipada con
heladera de dos puertas
metálica, brillante
y vos entras por la puerta
sólida, fuerte.

cae la noche
me vuelvo una brasa
caliente, llego
a tu piel

avanzo,
te envuelvo
de tu cuerpo
saltan chispas

¿Quién inventó el fuego?


Josefina Del Pópolo

Nació en Comodoro Rivadavia, Chubut, en el año 1992. Recibida de la carrera de Artes combinadas (UBA). Es poeta y productora de teatro. Colaboró en “Mujeres Autoras” (FERA, 2018) y formó parte de la antología “Alguien muerde el extremo de su nombre” (Elemento Disruptivo, 2022). Actualmente, forma parte de la Revista Digital NN como escritora y editora. Publicará su primer libro de poesía con Elemento Disruptivo al final de este año.

9789500531351

No hay risas en el cielo. Por Dario Lipovich

Imaginemos una caja con agujeros por donde podemos mirar. Podemos estar dentro o fuera de la caja, incluso podemos sentirnos de a ratos en un lugar y de a ratos en el otro. En cualquier caso, lo que nos es permitido ver a través de los orificios es un fragmento, y la fragmentación es un recurso compositivo que Ariel Urquiza maneja con una destreza absoluta para dar cuenta de un todo. La carencia que a priori podría sugerir lo que falta queda desterrada por el constante estímulo al que nos somete la lectura: lo que deja ver no puede ser narrado de otro modo, y lo que omite, tampoco. Entre esos polos fluye la violencia irremediable. 

El rompecabezas que conforman los relatos nunca va a quedar completo, pero tampoco incompleto. El libro activa en el lector un juego de movimiento continuo a partir de múltiples historias y personajes que habitan una crueldad que, en mayor o menor grado, terminamos reconociendo como cercana aunque muchas veces seamos incapaces de ver. En algún capítulo, con algún personaje, en alguna circunstancia, vamos a saber que ese mundo está imbricado con el nuestro, que somos vulnerables y que nada ni nadie tiene el poder de preservarnos de él de manera definitiva. Entonces, la resonancia de este libro y su modo de escritura tiene dos modos: uno es la fragmentación, la vida está constituída de segmentos, de quebraduras -el presente, que con suerte podemos percibir continuo, se vuelve fragmentado al llamarlo pasado-, el otro es la violencia que atraviesa a la humanidad desde siempre.

No hay risas en el cielo, Ediciones Corregidor, 2018, obra con la cual Ariel Urquiza ganó el premio Casa de Las Américas 2016, además, contiene dos lenguas -el castellano rioplatense y el mexicano, principalmente chilango- que el autor domina con fluidez y utiliza para activar un triple juego: aquello que es propio de cada territorio y lo que ambos comparten. Ese lenguaje de varias caras enciende procesos físico químicos durante la lectura y todo el tiempo que estemos inmersos en el libro, que una vez abierto, se convierte en un ser latente del cual no es fácil desprenderse. Las reacciones que nos produce demuelen la distancia entre realidad y ficción. No porque sean lo mismo, sino porque no podemos inhalar una sin estar a la vez inhalando la otra. 

No hay risas en el cielo está compuesto de frases cortas y precisas que se clavan en sí mismas sin necesidad de que la historia vaya a ningún lado. Un pararrayos que atrae todo hacia un presente total. Los personajes no tienen futuro, pero tampoco un pasado que sirva para justificarlos ni para entender cómo llegaron hasta el ahora. Todo ocurre en el instante mismo de la lectura. No es una novela, no es un libro de cuentos. Sí es la manera perfecta de narrar eso que quiso ser narrado. 

carlos godoy

El plan cultural de la democracia. Por Carlos Godoy

Fogwill no podía explicarse cómo fue que su mujer se había enterado de la gitana. Recordaba haber hecho todo bien. Los milicos decían que era un tipo “muy de la mente”, en referencia a su capacidad sobrenatural para planear y realizar las cosas de un modo científicamente exacto. 

Mantenía una relación con una gitana veinte años menor que se había ofrecido, en una esquina de la Diagonal Norte, a leerle las manos a cambio de unas monedas. Fogwill caminaba con un maletín en la mano, cuando la muchacha lo interceptó. Apoyó el maletín en la vereda, se metió la mano en el bolsillo y le extendió el puño cerrado, que después giró y abrió. Tenía unas monedas en la palma. La gitana quiso agarrarlas, pero Fogwill –con un movimiento rápido– esquivó sus dedos y le acomodó las tres monedas en el escote. Dos horas más tarde, después de una pizza y dos cervezas, estaban en un albergue transitorio de la zona. 

La gitana nunca pudo leerle las manos, pese a que Fogwill le daba dinero cada vez que se veían. Siempre que ella insistía, él le decía: “la semana que viene”, o “mirá si descubrís que me estoy muriendo”. Frecuentaban un albergue “transitivo” –como le gustaba decir a Fogwill– que quedaba a dos cuadras de su trabajo. Se lo había recomendado uno de los milicos, un teniente que después mandaron a las islas. 

Fogwill se despidió de sus hijos diciéndoles que viajaba a Chile por trabajo. Pero la verdad era que había decidido instalarse por un tiempo en el estudio del edificio en el que vivía su madre. Alquilaba un monoambiente en el piso diez para estar tan cerca de ella como el cáncer y la vejez de la mujer se lo permitiesen. Allí tenía todo: la máquina de escribir, libros, una luger 9mm y un sillón medio viejo que se podía hacer cama. Aprovechó que su mujer se estaba bañando; juntó un par de camisas y pantalones lo más rápido que pudo y los metió hechos un bollo en un bolso. Antes de salir se acercó a la puerta del baño para saludarla, escuchó que lloraba y prefirió irse sin decir nada. 

En la calle tomó un taxi hacia el edificio de su madre, en el camino pasó por lo del Cubano. El Cubano le fiaba cocaína. Le daba lo que Fogwill le pedía. Pero un tiempo después, ambos se sentaban, veían a cuánto había ascendido la deuda y cómo podía saldarla. El sistema le funcionaba a ambos. 

–¿Quién es? –El culo negro de tu hermana –respondió Fogwill. 

El Cubano abrió la puerta. Era un departamento de dos ambientes en el que siempre había gente y olía a sahumerios. 

–¿Cómo estás, Quiquito? –Las personas que lo conocían desde hacía mucho tiempo lo llamaban Quique, pero el Cubano siempre le decía Quiquito. 

–Como el culo negro de tu hermana. Dale, Cubano, tengo el taxi abajo. 

–Bueno, bueno, ¿barato o caro? 

–Caro. 

–¿Una, dos…? 

–Dos. 

–Si te llevás cuatro, después arreglamos por tres. 

–Dame cuatro. 

De nuevo en el taxi pensó que probablemente su madre estaría dormida o viendo televisión en la cama. Pasaría por la heladera y subiría a continuar con su novela. Calculó que, con lo que le había dado el Cubano, en dos o tres noches –después de la oficina– podría terminarla. La novela se llamaba “Amor a Roma” y era sobre unos italianos que pertenecían a una agrupación secreta dedicada a buscar en libros esotéricos llamados en clave a la realización de actos terroristas. Fogwill quería poner a prueba en su narración una serie de teorías que le había contado su padre sobre los italianos y su deficiente capacidad organizativa. 

Se bajó del taxi y entró al quiosco de la planta baja del edificio. 

–¡Quique querido! –le dijo el quiosquero. 

–Tranquilo, tranquilo que estoy con un incendio. 18 

–¡Eh! ¿Qué pasó, Quique? 

–Nada, lo de siempre. Me volvió a echar. Dame una caja de Jockey y uno de estos alfajores. Son nuevos, ¿no? Después te los pago. 

Se paró en el quinto piso frente a la puerta del departamento de su madre, pero decidió no entrar. Pensó que como no le había avisado que pasaba, seguramente la despertaría o, lo que era peor, si estaba despierta iba a asustarla. Volvió sobre sus pasos hacia el ascensor y subió hasta el piso diez, donde estaba su monoambiente. 

Encendió las luces, dejó el bolso sobre el sillón y prendió un pucho. Le llamó la atención que ese fuera su primer pucho en más de cinco o seis horas. 

–Eeeeeeeeeeeeeeeeehhhh. Oooooooooohhhhh –vocalizó Fogwill. Era una manía que le había quedado de cuando formaba parte del coro en la escuela primaria. 

–Eeeeeeeeeeeeeeeeehhhh –vocalizaba buscando una nota. Cuando la encontraba volvía a lo suyo. Y lo suyo en ese momento era preparase para escribir. 

Para Fogwill escribir era pensar, porque hablar también era pensar. Y con la cocaína era como si hablara sin parar pero escribiendo. Para Fogwill, escribir era lo más parecido a navegar. De chico solía navegar en pequeñas embarcaciones. Primero lo llevaba su padre, pero después empezó a salir solo. La exposición al sol que refractaba el Río de la Plata le había arruinado la piel. Se le había vuelto cada vez más y más fotosensible. Ya casi ni usaba mangas cortas en verano y de la nada la piel se le resecaba y cuarteaba.

Apagó el cigarrillo y sacó del bolso lo que le había dado el Cubano. Eran cuatro ampollas de vidrio, como en las que vienen los remedios inyectables, gordas como unos tubos de ensayo y largas como dos falanges, rellenas de un polvo blancuzco con pintitas rosas. Fogwill levantó una de las ampollas y la miró a contraluz de una lámpara de pie:

–¿Cómo mierda hace el Cubano hijo de puta para sellar los tubitos? –se preguntó.

Finalmente rompió, primero con los dientes y luego con las uñas, el cierre hermético de aluminio que envolvía la boca de la ampolla, antes de volcar su contenido en un plato hondo, se aseguró que estuviera limpio y le pasó un suéter que encontró en el piso.

Prendió otro cigarrillo y se sentó frente a la máquina de escribir. Era una Remington que le recordaba a la primera máquina que había tenido cuando era estudiante. Se la robó a un publicista uruguayo que la había olvidado en la oficina. Nunca la reclamó. Tenía otra más moderna, una eléctrica; pero prefirió usar la del uruguayo, pensando que quizás con esa podía sacarse de encima la mala racha. Fogwill quería terminar esa novela para probarse que todavía podía escribir. Desde que había salido de la cárcel –lo habían acusado de fraude–, hacía menos de dos años, tenía dificultades para avanzar en la escritura. Como los guardiacárceles tenían prohibido darle lápiz y papel, había aprendido a escribir con la mente. Se abstraía e imaginaba que les dictaba mentalmente a las personas lo que les quería decir. Ese mecanismo, desde que le habían dado la libertad le impedía escribir con fluidez, con decisión. 

Fogwill se paró. Recordó que tenía una silla nueva que le había regalado Granillo Fernández, un milico de la oficina que meditaba. Había viajado a China y había vuelto con ideas extrañas sobre la energía y el cuerpo. Le pareció que era el momento indicado para estrenarla, entre la Remington y la silla de bambú plegable y sin respaldar, seguramente se le iría la mala racha. Según Granillo Fernández, una silla sin respaldar era mejor para escribir porque hacía que la espalda se sostuviera por equilibrio. Fogwill la armó, la miró y dijo: 

–Granillo Fernández, sos un pelotudo. 

Antes de probarla, fue hasta el sofá donde había dejado su saco y buscó en los bolsillos su billetera. Cuando la encontró, sacó de entre los billetes uno de un dólar. Estaba arrugado y maltrecho. Lo apoyó sobre el escritorio y le pasó la palma de la mano varias veces planchándolo. Después lo tomó con la punta de los dedos y le dio unos tirones. Al final lo enrolló pacientemente y se acercó al plato. Aspiró primero por un orificio de la nariz y después por el otro. 

–¡La concha del pato! –gritó. 

§

La droga le endureció la mandíbula en cuestión de segundos. Sentía en las encías la profundidad a la que se enterraban las raíces de sus dientes. Luego de varios años de consumidor, no le costaba mucho reconocer cuál servía para escribir y cuál no. 

Releyó las páginas anteriores de su novela y se llenó de dudas. No solo de todo lo que había escrito, que eran unas cien páginas, sino que dudaba hasta del título. “Amor a Roma”. “A-mor-a-Ro-ma”. 

¿No era un poco estúpido usar un palíndromo en un título? Está bien, la novela se desarrollaba en Roma y los personajes eran patriotas, pero ¿la palabra “amor” en un título? ¿Cómo se traduciría el juego de palabras al inglés?, ¿al alemán?, ¿al francés? ¿Qué pensaría el lector frente a la tapa de ese libro? ¿Qué lector se sentiría seducido? ¿Viejas? ¿La literatura –todos: críticos, autores, imprentas, editoriales, periodistas– se sostenía gracias a la figura de la mujer menopáusica con tiempo libre, que leía en vez de mirar telenovelas? 

Como fuera, la cocaína no lo estaba ayudando a vencer la mala racha y empezaba a angustiarse. Por las dudas, se acercó al plato y aspiró por los dos orificios nasales otra vez. 

Por el ventiluz del baño empezaba a filtrarse una pequeña línea de claridad. Fogwill ya se había terminado el plato. Sabía –no lo había olvidado en toda la noche– que tenía una reunión importante con los milicos. Tenían que reprogramar campañas con clientes pesados. Los milicos estaban exaltados. La guerra los volvía unos perros alzados, en celo. 

–Imaginate –le había dicho a un amigo por teléfono–. Es como tener el escritorio de laburo en medio del vestuario de un club de fútbol al que acaban de llegar todos los jugadores en el entretiempo. 

Había escrito solo una página. Tímidos giros con diálogos impostados y no muy reveladores. Los personajes se limitaban a pasar el tiempo esperando algún vuelco en la narración.

Las manos le empezaron a temblar, sus dientes no paraban de morder, sus pupilas estaban ultra dilatadas. Decidió acostarse un rato –pese a que sabía que le iba ser imposible dormir– con la idea de llegar lo más fresco posible a la reunión. Se tiró vestido y se fumó un pucho. Lo apagó, cruzó los dedos a la altura del abdomen y en el techo divisó unas figuras fluorescentes. Fogwill no podía decidir si se trataba de algún efecto de la droga o si su mente se estaba sumergiendo en un mundo onírico. Las figuras eran como un humito que bailaba y que, de repente, adquiría la forma de un velero, después la de una novia de su infancia, luego la de su padre en cueros izando una vela, la de su abuela inglesa mirando por una ventana, y así. Hasta que se despertó y vio que ya habían pasado tres horas de la pautada para la reunión. 

En la oficina lo recibió el coronel Titino Fábregas. 

–No vino a la reunión –le dijo–. ¿Qué anda pasando con usted? Vaya, que lo espera el Capitán. 

Titino Fábregas era un milico que no podía escapar del alcohol. Después de más de quince años en la Armada, habían decidido mandarlo a las oficinas de administración para que pudiera andar borracho sin ocasionar tantos problemas, o que al menos no fueran tan graves. Titino Fábregas era un tipo sin preocupaciones, nada le caía bien ni mal. En una oportunidad, Fogwill le había preguntado: 

–Coronel, si odia tanto a los ingleses, ¿por qué toma whisky todo el día? 

Y el Coronel le había respondido: 

–Pa’ mearlo. 

El Capitán Lomas era, en cambio, un tipo estresado. La guerra ya era en sí misma un tema que podía estresar a cualquier mando de las Fuerzas Armadas, pero el Capitán Lomas veía en cada mínimo desacierto una tragedia irremediable. 

–¿Qué mierda hace, Fogwill? ¿Quién mierda se cree que es? –le preguntó Lomas–. ¿A dónde mierda piensa que vamos a llegar así? Tuve que decirles un montón de huevadas a unos boludos con carpetitas porque usted no estaba para decir las boludeces que dice siempre, que es para lo que le pagamos y lo sacamos del calabozo. Póngase ya mismo a terminar todos estos papeles de mierda. Que no entiendo un carajo cómo mierda se rellenan. 

Fogwill pensaba decir que uno de sus hijos estaba enfermo, pero eso era lo que había dicho la semana anterior, así que pensaba directamente contar que su mujer lo había echado de su casa y que había tenido que dormir en un hotelucho. En el que, además, le habían robado. Pero no fue necesario. Levantó los papeles que Lomas le había pedido que completara, fue hacia su despacho y puso llave. Volvió a admirar la perfección del sellado de las cápsulas que le había fiado el Cubano. Le enterró los dientes y luego, con la uña del pulgar, bordeó la boca del tubo hasta que lo destapó. Espolvoreó su contenido sobre la tapa de un libro. Buscó su billetera, sacó su cédula de identidad y peinó el polvo hasta armar dos pequeñas cordilleritas. Con el dólar maltrecho enrollado las aspiró de un saque, y mientras se dejaba caer sobre el sillón, gritó: 

–¡La concha del pato! 

§

El papeleo era bastante entretenido. Se trataba de unos estudios de campo, unos sondeos en los que se le preguntaba a la población encuestada qué marcas de las que consumía a diario le generaban más felicidad y por qué. Fogwill tenía que determinar las variables, llenar unos casilleros y dibujar unos gráficos con los resultados finales. Años después, Fogwill diría que esos números anunciaban el retorno de la democracia. 

Cuando terminó con su trabajo rutinario y con las tareas que le habían asignado como castigo a su inasistencia, decidió volver al monoambiente. Antes de salir llamó por teléfono a su madre para avisarle que pasaría a comer algo porque no había tenido tiempo de almorzar. En la radio del taxi hablaban de la guerra. Un especialista en aviones detallaba la superioridad tecnológica de los Sea Harrier británicos frente a los Mirage III o los Skyhawk argentinos. Explicaba la particularidad de los movimientos de un Sea Harrier en el aire. 

Cuando llegó al departamento de su madre, antes de que él llegara a tocar el timbre ella le abrió la puerta exaltada –solía reconocer el retumbar de los pasos de su hijo por el pasillo– y le dijo: 

–¡Hundimos un barco! 

Fogwill no entendió a qué se refería hasta que notó la televisión encendida con el noticiero. Le pidió que fuera sirviendo la comida. Él iría a lavarse las manos. Entró al baño, puso llave y sacó del bolsillo del pantalón la ampolla de vidrio. Dio unos toquecitos sobre la bacha, armó el canuto de un dólar, aspiró y se lavó la cara. Mientras veía su mirada andrajosa y tensa en el espejo, pensó en su madre, en el barco hundido, en la guerra, en las encuestas, en el servicio militar, en la cárcel, en los veleros, en su padre. Después salió. 

Comieron unas milanesas con ensalada de papa y huevo mientras hacían zapping por los tres canales de noticias. En todos se hablaba del hundimiento del Sheffield. 

Cuando subió al estudio, vació una de las ampollas sin abrir en el plato que tenía sobre el escritorio y tomó unas rayas con su dólar prolijamente enrollado. Se trepó a la silla nueva que le había regalado Granillo Fernández– y tipeó, en la página que había escrito la noche anterior: “Hoy mamá hundió un barco”. Le gustaba cómo sonaba, aunque no entendía del todo qué quería decir. Sintió que tenía que hablar sobre la guerra. Su novela podría tener un capítulo destinado a la descripción de una batalla. Pero en realidad, después de pensarlo bien unos minutos, se dio cuenta de que no quería escribir sobre la guerra. Sacó esa hoja de la máquina, puso una nueva y escribió una serie de anécdotas que había protagonizado en la oficina con los milicos. En una contó que iba en un taxi con su jefe, el Capitán Lomas, y al pasar por Constitución Fogwill le dijo: “Qué buena arquitectura”, refiriéndose a la autopista, a lo que Lomas respondió: “Sí, es maravillosa”. “¿Sabe dónde están los planos?”. “No”. “Ah, le aviso que están en Inglaterra; están asegurados en el Banco Lloyds. Ellos la pueden hacer mierda en un minuto y ustedes no saben dónde carajo están los caños”. Casi todas las anécdotas eran así, graciosas, pero, para Fogwill, no del todo interesantes. Hizo una línea de asteriscos y empezó a transcribir lo que recordaba de la descripción que había escuchado en el taxi sobre cómo volaban los Sea Harrier. Flotaban. Lanzaban misiles teledirigidos. Eso le pareció que estaba mejor. Le gustó. Para alentarse tomó dos rayas más. En ese ímpetu por sentirse bien, se dio cuenta de que la silla ergonómica era realmente cómoda. Pensó que podría quedarse toda la noche en esa posición. 

Siguió escribiendo. Sabía que había abandonado “Amor a Roma” y que estaba en un nuevo proyecto. 

Hizo una segunda línea de asteriscos e imaginó diálogos delirantes entre un grupo de colimbas tucumanos y unos altos mandos británicos, sin traductores. También eran graciosos, pero había algo más: a Fogwill le gustaba que fueran tucumanos. Cada vez que leía algo o alguien nombraba alguna provincia del norte, recordaba a los hermanos catamarqueños que habían estado presos con él. Los habían confundido con prófugos, y por las noches lloraban diciendo que nunca volverían a ver a sus padres. Una de esas noches el hermano menor le dijo al mayor que se moría por comer un “pichiciego”. Era la primera vez que Fogwill escuchaba nombrar ese animal. Por el sonido imaginó un tipo de ave autóctona, pero después, cuando salió de la cárcel, averiguó que se trataba de un armadillo al que también le decían “mulita” o “pichi” o “quirquincho”, según la zona. En la cárcel la mayoría eran provincianos y de lo que más se hablaba era de la familia y de culear. Fogwill pensó que podría abordar la guerra hablando de los presos. Le pareció una buena idea, pero las ganas de mear ya no lo dejaban pensar. Como se sentía demasiado cómodo en su posición, agarró una botella de Coca-Cola vacía que tenía en el escritorio y meó ahí. La dejó apoyada donde estaba. Abrió el cajón del escritorio, sacó una birome y en una hoja en blanco escribió: “Los Reyes Magos”. Dibujó tres flechas hacia abajo. En la punta de una escribió “Viterbo”; en la de al lado, “Turco”, y en la siguiente “Ingeniero”. Pensó un momento con la birome en la boca; después dibujó una flecha más y en la punta escribió “Quiquito”. 

§

Decidió que el comienzo sería una descripción de la nieve. La gran decepción que era para un norteño argentino conocer la nieve durante una guerra. Imaginó a los presos, con su acento provinciano y su moral insubordinada, viviendo en una trinchera alejada y oculta, esperando que la guerra terminara. Los “presos” se transformaron en “colimbas” y después en “pichis” porque eran una comunidad de desertores autodenominada “Pichiciegos”. Escribió en una hoja, con letras grandes: EL PICHI GUARDA, AGRANDA, AGUANTA. Y la pegó con cinta sobre la lámpara de su escritorio. 

Fogwill sentía que lo que tipeaba se escribía solo. Las páginas entraban y salían. Cada vez que completaba una página, tomaba cocaína del plato como un perro que recibe un premio por una buena tarea. Por el baño entraba una línea de luz y Fogwill ya tenía veinte páginas escritas. 

Para no volver a llegar tarde al trabajo, decidió no dormir. Bajó hasta el departamento de su madre, calculando que ya estaría despierta. Tomaron un café con tostadas mirando canales de noticias. Un periodista decía que entre las tropas británicas había varios tipos de mercenarios y que los más temidos eran los gurkhas, unos nepaleses que solo servían para hacer la guerra y tenían cuchillos especialmente diseñados para degollar. Después mostraron imágenes de un cuchillo que parecía un boomerang. 

§

Llevó las veinte hojas escritas a la oficina y le pidió a las dos mecanógrafas de la agencia que le hicieran corrección de estilo y las retipearan a doble espacio para poder hacer marcas con birome entrelíneas. Cuando salió de la oficina, pasó por lo del Cubano y se llevó fiadas cuatro más de las caras. 

–Escuchame Cubano culo sucio: ¿Cómo sellás los tubitos? ¿Tenés una máquina? 

–Secreto profesional Quiquito. 

–Andá a cagar Cubano– le respondió desde la puerta.

–¡Se te ve espléndido, Quiquito! –le gritó el Cubano. 

Al llegar al edificio fue directo a su estudio, sin pasar por lo de su madre, y escribió. Toda la noche escribió, tomó cocaína y meó en botellas de Coca-Cola, que se amontonaban amarillentas sobre el escritorio. La musiquita y los personajes hacían todo. 

Al día siguiente se despertó sin entender dónde estaba. No entendía si era el Fogwill adulto o el Fogwill niño que había sido una vez. Lentamente fue reconstruyendo: había dormido cerca de catorce horas, pero no recordaba haber escrito todas las páginas que había sobre su escritorio. Las leyó por arriba y le parecieron buenas. Fogwill quería terminar la novela –o lo que fuera que estaba escribiendo– y publicarla lo más pronto posible. Inmediatamente. Quería que su libro se exhibiera en las librerías antes de que terminara la guerra. Se había impuesto ese desafío. Por eso, ni bien terminaba una página, fuera la hora que fuera, la enviaba por fax a las mecanógrafas, que la devolvían en cuestión de horas, a doble espacio y corregidas. 

Mientras describía una escena en la que un pichi descubre un arco iris sobre la montaña y lo contempla fumando un 555, tuvo que parar porque no aguantaba más las ganas de mear. Agarró una botella que estaba por la mitad, sacó el pito y lo acomodó sobre el pico. Había que tener cuidado de dejar un poco de aire, porque si tapaba todo el pico con el pito, la botella hacía vacío y se meaba las manos y el pantalón. Mientras meaba apareció el hilito de luz. Pero esta vez no venía del baño. Cuando levantó la vista, vio una imagen de la Virgen María que flotaba en el aire. Apoyó la botella. Volvió a mirar y ya no estaba. Se puso de pie, elongó las piernas y dio un par de vueltas alrededor del escritorio. Agarró el dólar enrollado y tomó dos rayas más. Se puso a revisar el manuscrito y decidió agregar en los primeros capítulos la aparición fantasmagórica de unas monjas francesas que –se rumoreaba– los milicos se habían chupado. 

Cuando Fogwill terminó la novela, fotocopió catorce ejemplares del manuscrito y los repartió entre colegas escritores, periodistas, editores y poetas. Pero no consiguió que se lo publicaran sino hasta más de un año después de que hubiera terminado la guerra.

Fogwill nunca pisó las Islas Malvinas –el lugar donde se desarrolló la guerra de la que habla su libro–, pese a que, como su abuelo era un marinero que había navegado las islas del Atlántico Sur, él siempre había querido hacerlo. Cada vez que le preguntaban por su “libro sobre la guerra”, él respondía que no era un libro sobre la guerra, que era un libro sobre él mismo, sus problemas, sus tormentos y sobre el plan cultural de la democracia que en ese momento se estaba negociando.

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Volver eterno el intento/ Entrevista a Flavia Calise. Por Josefina Del Popolo

Me encuentro con Flavia en el histórico café Varela Varelita. Si los poetas fueran rockstars Flavia carga con esa misma mística, cómo si la rodease un misterio que nunca develará. Está sentada en una mesa que da a la ventana. Trajo un ramo de flores y su cámara analógica. Tiene las uñas pintadas de color rojo, lleva una blusa verde loro y en su silla veo colgada una cartera de animal print. 

¿Qué sentís qué está pasando hoy con la poesía?

F: Creo que lo pasa hoy en realidad tiene que ver con lo que empezó a suceder en el país aproximadamente en el año 2015, a nivel social, económico y emocional: estábamos todes muy mal. Los lugares donde nos juntabamos, bares, centros culturales, estaban cerrando o en crisis. Y entonces la gente, desesperadamente y creo que hasta inconscientemente, comenzó a necesitar darle entidad a otros lenguajes, que quizás ni conocían y que aparecieron en ese momento. Uno fue el Tarot y otro sería la Poesía. También influyeron las redes sociales. Haciendo que la poesía llegue a distintas personas y que se le preste más atención e incluso provocó que surja un nuevo tipo de interés. 

Hoy en día hay un resultado en relación a eso. Hay muchas editoriales publicando más poesía que antes, se le está dando más valor en festivales, hay más talleres de poesía. Entonces está cobrando otra identidad. Tiene más peso, más valor cultural que en otra época.

¿Qué es para vos lo central en la poesía?

F: Además de lo intuitivo, lo central es el trabajo. Es importante trabajar la poesía y revisar lo que uno escribe y ver los modos de afilarla. Pienso que es fundamental escribir un poquito todos los días -lo que sea- y también es importante inspirarse. Buscar cosas para hacer y escribir: ir al cine, ir a ver obras, leer a otres autores.

¿A vos qué te produce inmediatamente ganas de escribir?

F: Leer a compañeras, leer a mis amigas. Últimamente, ver series también me genera ganas de escribir. Intento, cuando puedo, tomarme un día entero para leer, porque siempre después me dan ganas de escribir. Ir a ciclos de poesía. Es importante para escribir leer y también ir a ver cómo leen poesía. 

¿Por qué pensas que escribis poesía?

F: Ahora escribo por un motivo distinto al que cuando comencé. Al principio, escribía porque era el único modo que tenía en ese momento de decir lo que quería decir. Escribo desde muy chiquita y había sentimientos que no podía describir con las palabras que conocía, entonces sentía que tenía que escribir las propias y que tenía que inventar una especie de lenguaje porque no me encontraba cómoda en la vida. Me parecía un mundo hostil y sufría un montón. Siento que encontré en la poesía, primero leyéndola, algo que no entendía porque era chica pero me interpelaba y me gustaba. Me sentía cómoda en ese lugar entonces empecé a escribir por eso. De algún modo, algo de eso me emocionaba y quería encontrar mi propia manera de escribir. Tenía doce o trece años. Pienso que en ese primer momento fue más por necesidad, para expresarme. 

¿Y ahora?

F: Ahora también hay una necesidad pero a los treinta es de otro tipo. Es un trabajo, hay una voz construida. Antes era como una necesidad primaria “hago esto o muero”. Ahora no muero, es una necesidad laboral y está más afilada.

¿Sentís que hubo algún momento inaugural en el que te nombraste poeta? ¿O fue más un proceso?

F: Me costó mucho tiempo decir eso. Lo empecé a decir hace un par de años por un tema más de militancia. Militar la Poesía. Siempre estuvo muy bastardeada y se le dieron lugares muy pequeños. Entonces, de repente, me parecía que nombrarse poeta en determinados lugares era una especie de militancia. 

¿Con los años te fuiste imponiendo reglas en cuanto a qué y cómo escribir?

F: Si. Me está pasando que en el último año me aburri de escribir sobre ciertas cosas. Empecé a escribir cosas más chiquititas, del detalle. Como mirar una foto y escribir. Volver a mirarla y escribir. Me propuse escribir sobre el romance desde otro lado: el romance con mis amigues, los detalles amorosos, les desconocides, una sensación que poco sé nombrar, escribir sobre el misterio. 

Hace cuatro años que das clases grupales de poesía y performance ¿qué sentís que te aportó?

F: Todo. En la docencia siento que encontré el lugar dónde tenía que estar. Me aportó mucha paciencia y comprensión. Me hizo conocer a autores y a autoras espectaculares, aportandome otros paisajes, otras palabras que no conocía o que elles mismos inventaban. Acompañando muchos procesos no solo de escritura sino de la vida. No me interesa ni puedo despegar eso en mi modo de enseñar,  me di cuenta que podía asociar a la poesía no solo desde el hacer sino con el brillo del proceso de la otra persona. 

¿Cómo encaras el armado de una clase?

F: Siempre tengo un esquema pero también me gusto muchísimo adaptarme a la actualidad. Si hay un tema, extra poético me refiero, lo puedo traer y unirlo a lo teórico, a algún autore que no conozcan. Me parece más divertido, más lúdico. 

¿Qué te pasa cuando lees textos tuyos publicados hace mucho?

F: Yo publiqué por primera vez cuando tenía 19 años. Desde entonces pasaron muchas cosas, en el mundo, en lo personal. Al principio, me daba mucha vergüenza y después con el tiempo entendí que es parte del proceso. Hay cosas que escribí con las que no estoy de acuerdo o directamente no me gustan y ahora pienso que está re bueno porque quiere decir que hubo movimiento, hubo flexibilidad y si hubo flexibilidad quiere decir que hubo apertura, hubo proceso, hubo cambio. 

En el libro “Maestros de la escritura” de Liliana Villanueva, uno de sus entrevistados dice en un momento que “la literatura es un intento de eternizar momentos”, yo te pregunto a vos ¿qué crees qué con tu escritura se volvió eterno o qué te gustaría que se vuelva eterno? 

F: No creo para nada que yo haya vuelto algo eterno. Sí creo que en mí volví eterno el intento. Escribo desde toda mi vida, entonces fue lo que más hice. Esa insistencia representó vitalidad en mi escritura. 

Y respondiendo a la segunda pregunta, estoy en un momento muy lindo después de mucho tiempo, entonces creo que querría qué se mantenga esa sensación de esperanza por las cosas. No soy una persona muy positiva pero ahora siento que estoy disfrutando de un montón de cosas. Quiero que se mantenga la esperanza en las cosas chiquitas y cotidianas. 

/ Por: Josefina Del Pòpolo (@josefinadelpopolo)

Flavia Calise (@flaviacalise) es una poeta, performer y docente argentina. Coordina el taller @esimportantebesarse. Publicó, entre otros libros, Beso las flores antes de tirarlas (2018, Concreto), ¿Qué es la ternura? (2019, Concreto), Mientras te llamo diseño mi tumba (2021, Concreto) y El libro de los peores sentimientos (2021, Acordeón).

cruzamos la calle juntas 

nos angustia no tener trabajo

le dije que me gustaría dejar de amar, mantener la esperanza a través del sol

que la depresión sea un perfume

una mano con un pañuelo sosteniendo la nariz

no más un puñal, entre el hueso y la carne

después de un tiempo el amor no pesa en el corazón sino en la espalda

la culpa es un sombrero

toca una cabeza y la cubre del clima

¿se puede abandonar un sentimiento con forma de agua?

a veces estoy en el cielo, sobre un cajón sin botellas

corto la soga con fuego

me desparramo en el aire

tu casa desde arriba parece

un puerto, viven dos

medusas

gelatina cristal

sus brazos se abren, besan

la cima

venenosa, pierdo

porque confío rápido en quien parece que presta atención

te bañaste y bailé en tu living, tu alfombra me dejó un rasguño

inútil

para saber cuidarse, primero hay que tener esperanza

estiré la cama, esperé el llamado

bailé en el living, pisé tus aros: sangré de noche

alguien dejó un cuchillo cerca, te pedí que no lo agarres

estiré la casa, esperé el llamado

abrí las ventanas para que salga el tiempo

un cisne transparente dijo mi nombre y no tenía corazón

estiré la mano, agarré una copa

ayer murió alguien con quien dormí durante el verano

un gemido quedó enroscado en la almohada

abro las piernas para dormir sola

atajar un sentimiento es esperar un avión en el patio

(poema del libro La violencia de una estatua)

27 de abril

soy la okupa de mi propia casa

desde que la propiedad se fue de mi

ya no tengo escritura y como en los sueños

la puerta de entrada me espera afuera.

tamara kamenszain

bebo por la casa y tropiezo con mis cosas.

las botas texanas abiertas en la cocina parecen

murciélagos, esperan que pase para asustarme

tanto me alumbra la noche que me expone,

hago fuerza con la boca y se hinchan mis labios:

desde hoy sólo hablaré con animales

repito halagos para el perro que trajo una amiga.

pensó que necesitaba concentrarme en alguien

que no diga una sola palabra en mi idioma,

ni sepa el significado

de billete, secreto, accidente, vacación de lujo

el perro se deja acariciar muy rápido y me enoja.

me aterra que me agote elegir, dejarme tocar por el raso,

el guante que busca peligro.

¡qué alivio! deprimida miento,

hecho a todos de mi casa, busco una estrella en el cielo,

le pongo el nombre del fantasma que extraño

me duermo fácil y sueño.

estoy en una fiesta de noche,

para no hablar juego con un niño,

lo hago dormir, la fiesta avanza y nadie lo llama.

una mujer me mira y sonríe ¡no es mi hijo!, le grito.

el niño se duerme sobre mi y sale el sol,

corro por el jardín, todos se fueron.

caminamos por la calle.

en el sueño me gusta fumar. tengo las caderas

más anchas y mis ojeras son verdes

como un pino nuevo.

¿qué me gusta de esta ciudad?

camino por warnes entre los autos despedazados

para sentirme acompañada,

hace dos días compré pan y lo dejé

sobre un renault 12 sin volante.

el niño me pregunta ¿qué es el desamparo?

le pido que aprenda a ladrar

(Poema del libro Mientras te llamo diseño mi tumba)

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Cuatro Obras / Una charla Entrevista a Pablo Ziccarello. Por Darío Lipovich

Cada vez que nos vemos, desde hace años, diariamente en la escuela de nuestros hijxs, una vez por semana en la juntada a tocar o más esporádicamente, como nos vimos durante un tiempo, PZ me cuenta dos o tres chistes. Ante todo soy artista, también me dijo, una noche en su auto rojo. El territorio en el qué su obra se despliega es visual: pinta, dibuja, saca fotos  y filma. Además da clases. Están todos aprobados, dibujen porque quieren dibujar es el modo en que se presenta a sus alumnos cada cuatrimestre.

Pablo: El esfuerzo no es interpretar una obra, es haber salido de la casa para ir a ver una muestra. 

Darío: ¿Cómo es la receta del té en termo?

P: No me cambies de tema…Quiero decir, que la interpretación de una obra puede ser una batalla pero nunca es esfuerzo, por más que fuerce la razón y/o el cuerpo de quién la experimenta/interpreta. El intérprete en la música sería el oyente, y también  el músico/a/e  en tanto oyente de sí mismo, ¿no? En todo caso el esfuerzo que implica peregrinar hasta donde se encuentre la obra es el indicador de un interés tal que moviliza físicamente, más allá de que se vea recompensado o no el esfuerzo, porque la decepción es más la regla que la excepción. Pero cuando pasa algo, pasa algo importante. Y en última instancia prefiero pensar que frente a una obra se da un posible encuentro, más allá de las variables de interpretación, como en la realidad de los sueños.

  1. LOCUS SOLUS

Entonces, lo que pueda o quiera o deba hacerse frente a la obra pueden ser muchas cosas, pero no esfuerzo, aunque la obra sea una veintena de cuadritos con fotos de un bosque inmenso, rectangulares, de 10 x 12 milímetros, colgados a 1,60 m del piso. La copia, al ser del mismo tamaño que el negativo, tiene el máximo posible de calidad. Como si fuese un sonido hi fi desde la toma hasta la reproducción, como si de esa manera la intervención pudiera considerarse mínima.

Cada foto es una parte de un bosque que bordea lo imposible de ver y tenemos que decirnos a nosotros mismos qué es eso que está en la imágen. Las paredes donde están colgadas son grandes y blancas. El espacio también es grande y los pequeños cuadros no impiden que parezca vacío. 

Los territorios, superpuestos, intercambian cualidades: el bosque no solo cabe en la habitación vacía, si no que es lo más pequeño de todo, apenas interrumpe la sala desierta. 

D: Hablemos de la decisión del tamaño. Es el parámetro más singular de la obra, pero al mismo tiempo no es el único que está en juego.

P: Supongo que es la memoria que completa la imagen que el ojo no termina de asimilar la que se pone en juego. Con suerte la memoria de la experiencia de haber estado alguna vez dentro de un bosque, dentro de una oscuridad a pleno día.

D: ¿Mantener el tamaño real de la imagen, es decir, sin ampliar, conlleva la intención de reducir al mínimo posible la mediación previa a que la obra sea expuesta?

P: Creo que no existe una imagen real, sino más bien interpretaciones particulares a partir de estímulos más o menos compartidos. En el caso de Locus solus cada cual ve hasta donde la conformación de sus órganos oculares le permiten; quien más quien menos, todos comparten la experiencia del límite de la visibilidad de la huella fotográfica de un espacio inmenso reducido a índice.

La mediación está planteada inevitablemente en términos del dispositivo fotográfico de captura por medio de cámara pocket con película 110 color, y de las copias de contacto a 12mm x 16mm (escala 1/1 entre el negativo y la copia). El artefacto se completa con una pequeña lámina de aluminio por detrás y vidrio en el frente,  yendo en la dirección de la  imagen/objeto en fotografía.

Solo me interesa la idea de punto de vista subjetivo.  Las instrucciones de montaje de toda la serie de fotografía, además de establecer el mínimo de un metro de separación entre una imagen y otra, dispone la altura de cada una correspondiendo a la de observador promedio. Hay quien debe inclinarse y quien necesita ponerse en puntas de pie; niños y niñas ni aun saltando llegan a ver algo.

  1. Estado de tiempo (i 2020)

Hay un recorrido poco habitual en la creación de esta serie. El encuentro -reencuentro- entre fotografía y pintura sucede en, y por ese recorrido: la impresión sobre papel para acuarela presupone esa intención. Luego, la pintura agrega otro plano. 

Pintar un cielo nocturno sobre una foto de un cielo nocturno también es construir un bucle y ponerlo en movimiento. Ese bucle, esa repetición, no se desactiva nunca. A través de la mirada accedemos al movimiento sin fin en el cual es posible detectar la secuencia foto – impresión – pintura, una y otra vez. 

D: Llamas retoque al hecho de pintar el 95% de la impresión fotográfica. ¿Por qué?

P: Conceptualmente la idea fue que la pintura acompañe la imagen brindada por el negativo y la copia en términos fotográficos. La acuarela no modifica las formas en la imagen, solo opera sobre el contraste de luz y los tonos del color, de manera más o menos evidente, no se busca ocultar la operación de retoque sino que la obra esté signada bajo el dialogo fotografía/pintura.

D: ¿Estás de acuerdo con que el modo de retoque puede tener una carga de impresionismo que se expresa a partir de tu doble visión de la noche al momento de sacar la foto y de la noche en la foto impresa?

P: Es una idea muy arriesgada… no sé si unirla a un periodo específico de la historia del arte moderno, si te referís a eso. En todo caso el plano de la pintura, capas de acuarela, ocurren sobre una impresión en papel y por transparencia se suma al espacio oscuro de la noche que la técnica fotográfica imprime en el negativo, de manera más o menos evidente y sin querer disimular sus recursos… y ahí sí, tal vez sí, pero no sé. 

Creo que en el fondo me interesa en términos históricos la cuestión de  la utilización de recursos propios de la pintura y del dibujo que están en el origen de la fotografía, a modo de bienvenida para la nueva tecnología; también para adaptar su imagen y modos compositivos a la tradición pictórica construida pacientemente durante los siglos previos. Y en esta actualidad en donde el salto tecnológico digital está impregnando nuevas formas de construir y contemplar imágenes que derivan en una relación con la imagen fotográfica que utiliza elementos propios de la fotografía química analógica en forma de filtros etc. Otra vez como forma de adaptación tecnológica a un nuevo modo de representar y dar cuenta del mundo.  Entonces creo que es un buen momento para huir de la lógica binaria dominante y retomar el trabajo manual extremo, agarrar los pinceles, y terminar la imagen fotográfica como se hacía hace casi 200 años. 

D: ¿Qué lugar tiene la indeterminación en esta serie?

P: En casi todas mis series de fotografías es la indeterminación del resultado lo que me mueve a intentar su realización.

  1. LUZ ACCIDENTAL

Todo lo que se puede pensar y decir de una persiana baja en este país está contenido como afirmación en esta serie y permite moverse rápido de ese lugar simbólico. Como anverso de Locus Solus, la profundidad de las fotos y su riqueza irán apareciendo cuanto más grande sea el lapso que las miremos. Podemos ver esas persianas de colores durante mucho tiempo, también como experiencia opuesta a lo que esos objetos duran sin ser intervenidos. Encontrar en Buenos Aires una persiana recién pintada es parecido a dar vueltas con el auto buscando dónde estacionar. Pero también, una persiana recién pintada puede aparecer aún en la vereda que transitamos siempre y que creemos que nunca va a cambiar. La pintura nueva tiene más capacidad de reflejar la luz. Entonces, es posible que detectemos, en el color aparentemente pleno, alguna variación de sombra que dé cuenta de que algo, en movimiento o quietud, fue captado y reflejado por la persiana y luego por la película. Esto no termina de confirmarse en un movimiento similar a los de las fotos retocadas, aunque también aporta, como aquellas, pero de manera más sutil, la posibilidad de ver una imagen de capas.

D: Retomo una respuesta anterior para preguntarte el modo en que la indeterminación entra en juego en esta serie.

P: En términos de proceso de construcción de obra en este caso no juega demasiado, tal vez en términos descriptivos o documentales sí puede ser útil la indeterminación, que al excluir su entorno inmediato y cualquier elemento narrativo, genera cierta extrañeza y abstracción. Creo que lo interesante de esta abstracción se tensa con una lectura política de la serie, algo que parece que se da de manera cíclica cada x cantidad de años.

D: En una persiana recién pintada se oye un sonido continuo, no alejado de una nota pura. Al igual que con estas, los tonos-armónicos que la componen son relativamente pocos.

P: Acá la metáfora musical o sonora creo que queda nomas en esa especie de pentagrama extendido que generan las líneas horizontales y paralelas que son el común denominador compositivo de la serie, creo que tienden más al silencio, que también puede ser confundido con un sonido continuo. Un referente inconsciente de estas fotografías es la obra silenciosa de Agnes Martin, artista que supe admirar mucho a la distancia y hace tiempo, en ese sentido pienso que esta serie de fotografías funcionan más bien como si documentaran pinturas impensadas en el espacio público, entonces en la copia le presto atención a los matices de color, que en cada caso dependen del Angulo incidental de la luz indirecta del sol que, además de modificar el color de la pintura de cada persiana en su captura fotográfica, da cuenta del reflejo difuso del mundo que está justo enfrente, como un espejo opaco.

En la base de esta indagación está la idea del color como accidente de la luz.  

  1. CRÉDITO

Una insistencia. 

No está en juego la supervivencia, sí algo del orden del persistir colectivo. Que no se pierda el objeto -cuadro-, pero que también pueda asirse la imagen y su relato en el transcurrir del andar frente a cada tarjeta. Es un misterio porque, alguna, cada tanto, nos invita a una detención más larga. Tal vez sea esa imagen la que se fije en la retina -paso previo a la memoria-, o incluso, a pesar del tamaño, solo sea una parte del todo el que logremos retener. Las demás serán un sustrato de relieves, texturas y colores indispensables para el enraizamiento de aquella.

La necesidad de acercarnos brinda la posibilidad de distinguir el paso del pincel y la espátula como si viéramos la costura de una prenda y esa cercanía nos diese la sensación de que compartimos el secreto de su manufactura.

D: Esta serie tiene similitudes con Locus solus. Una proximidad dada por el tamaño de cada pieza. Sin embargo, enseguida que se establece la relación, esta empieza a alejarse porque los mecanismos de interacción que se ponen en juego son otros.

P: Mientras que la fotografía aún parece indicar o señalar algo del mundo que queremos creer que estuvo ahí al momento de la captura, la pintura es la invención de una idea del mundo condensado en imagen: una invención más allá de términos descriptivos o narrativos o miméticos reconocibles o elocuentes, y es en su construcción material donde la mano está comprometidísima en el resultado. Si bien ambas series comparten una escala aparentemente pequeña, creo que en los dos casos el formato es el único posible y está dado como límite buscado por el soporte de la pintura (tarjetas de crédito) en un caso y por la copia de contacto del negativo 110 en el otro.    

Estas pinturas no juegan con la invisibilidad pero si fuerzan la memoria, esta vez porque  la serie es lo suficientemente extensa y las imágenes bastante variadas para que al salir de la sala, recién vistas, apenas recuerdes una o dos nomas… pero esa pintura que se te metió en la memoria y te llevas con vos, se queda. 

D: Me gustaría que amplíes el concepto de insistencia en esta obra.

P: Pintar es insistir es existir es pintar…  pero no me acuerdo que te había dicho antes al respecto, así que ahora te respondo la primera pregunta: té verde: un litro; naranja: exprimir una; jengibre: una rodaja; cedrón: una ramita; miel: una cuchara; y todo dentro de un termo.

Darío Lipovich, agosto 2022

manuel canton

Daniel Tedesco – Manuel Cantón

Dicen que encaneció de la noche a la mañana, a los veinticinco años, mientras dormía en el calabozo de la comisaría cuatro de Barracas; dicen que tiene un tatuaje de Ronald McDonald en la pantorrilla; dicen que vendía LSD en las fiestas del Di Tella y cocaína en las fiestas del Parakultural; dicen que pasó una temporada en Sierra Chica y otra en el Borda, y que escapó haciéndose pasar por médico; dicen que murió de sobredosis, de SIDA, de hambre, de aburrimiento; dicen que se puso un tiro en la noche de su cumpleaños setenta y cinco, justo después de soplar las velitas, y que sus sesos salpicaron una torta de ricota; dicen que se llamaba Daniel Tedesco, pero que en realidad todos lo conocían por el nombre que se dio a sí mismo: Dante. 

Él, en cambio, dice otra cosa. 

 

—Cada tanto aparece alguien por acá, un pendejo como vos, y me pide que escriba un libro. Pero yo no lo voy a hacer nunca. 

Daniel Tedesco tiene: el pelo blanco, los dientes negros, la tonada norteña. Es un hombre delgado y pequeño, con los brazos firmes y bronceados; aparenta cualquier edad entre los sesenta y los ochenta años. Salvo los ojos. Tedesco tiene la mirada de un joven depredador.

—¿Por qué?

—Fácil: porque nadie lo leería. ¿O vos te creés que a alguien le importa lo que yo tenga para decir?

Entonces limpia la mesa con el dorso de la mano. No le gusta la mugre: su casa está limpia como la celda de un monje estelar. 

—Igual, no te creas todas las boludeces que andan circulando sobre mí —dice—. A la gente le gusta inventar, son todos unos hijos de puta. Yo habré hecho algún que otro numerito, pero nunca me tatuaría un payaso. Les tengo fobia.

—¿Y lo demás?

—¿Qué es lo demás?

 

“Todo gran movimiento artístico tiene un artista sin obra —dice Ricardo Piglia en su conferencia “Tres tesis sobre Macedonio Fernández”—. Y ese artista es, con frecuencia, el mejor de todos, el más revolucionario. Practica un vanguardismo tan extremo que no puede ser sistematizado en un texto, pero que de todas formas existe en algún lugar entre la oralidad y la performance. La figura fue inaugurada por Sócrates, pero probablemente el ejemplo más claro sea Neal Cassady, el beat definitivo, protagonista de On the road e inspiración para Howl: un artista fundamental que jamás escribió nada que valiera la pena. En ese sentido, para los escritores argentinos del cuarenta, no hay duda de que Macedonio Fernández cumplió ese rol; Museo de la Novela de la Eterna es, como toda publicación póstuma, poco más que un accidente, un obstáculo a la hora de entender realmente su obra. Por supuesto, también tenemos encarnaciones más recientes. Para mi generación, nacida precisamente en la década del cuarenta, esa figura fue Daniel Tedesco, Dante”.

 

Tedesco masca chicle. Todo el día, a toda hora, Daniel Tedesco —criminal, performer, cineasta, poeta, no necesariamente en ese orden— masca chicle. Muestra, entre mordida y mordida, sus encías rojas y sus dientes negros. Lo hace con descuido y con un poco de ostentación.

En la mesada impoluta de la cocina de su casa, sobre una tabla de cortar, hay un frasco de vidrio oscuro con una tapa de corcho. Adentro: tres puñados de Bubbaloo de frutilla. 

—Empecé en el dos mil, dos mil uno. Era la única forma de dejar la merca. Al principio los compraba al por mayor, en un supermercado de Once: un changuito lleno de cajas de Bubbaloo de frutilla. Después me fui calmando. La gente cree que tengo los dientes así por culpa de la droga. Mentira: son los chicles.

A Tedesco no se le escapa la ironía. Mientras ofrece una sonrisa virulenta, recuerda su primer momento de fama, hace más de sesenta años: la época en que fue un chico en el banquillo de Odol Pregunta, el programa de televisión conducido por Cacho Fontana. 

—Me anotó mi abuela, que estaba convencida, como todas las abuelas, de que su nieto era superdotado. Categoría: estudios bíblicos. 

Tedesco explica que se crió en una familia tucumana muy tradicional, obsesivamente católica, y que en esa época estaba preparando la confirmación. Leía la Biblia todo el día, a toda hora. Se la sabía casi de memoria. 

—Esto fue en el sesenta, algo así. Pre VHS, por eso no tengo registro. Si encontrás algo me avisás, ¿no, chiquito? Creo que me gustaría verlo.

Eso llama la atención sobre Tedesco. Pide sin alegatos y sin ruegos, con dosis iguales de violencia y cariño; pide mirando a los ojos, con la barbilla alta, la voz cascada y el pelo revuelto. Cuando pide de esa forma, no importa lo que sea, uno tiene ganas de cumplir. 

 

—¿Daniel? Un loco. Pero no un loco lindo, para nada. Loco loco. Salió un tiempo con mi hermana cuando tenían quince, dieciséis años. Él pasaba mucho tiempo en casa porque su familia lo había echado; cómo llegó a Buenos Aires, no tengo idea. Tampoco sé qué hacía cuando no estaba en casa. Dormiría en lo de algún amigo, en la calle quizás. Trabajaba en un puesto de diario, así que quizás lo dejaban dormir ahí mismo. 

—¿Qué pasó con su hermana?

—Ella estaba muy enamorada de él, pero lo tuvo que dejar después de que Daniel se robara el perro de papá. Fue muy grave eso, en mi casa fue como si estallara la guerra. 

—¿Qué tipo de perro era?

—No sé, uno callejero. ¿Importa? Se llamaba Sabroso. No te voy a mentir: mi viejo lo trataba muy mal. Me acuerdo de que el perro veía una alpargata y se ponía a temblar. Pero eso no es excusa para nada. Ojo, esto te lo digo en confianza. No quiero que mi nombre salga en ningún lado, ¿está claro?

 

“Darío Taboada era un hombre sin miedo. Hablaba sin miedo, caminaba sin miedo, se reía sin miedo. Era su única virtud, pero alcanzaba para que nosotros le copiáramos hasta la forma de escupir. El Formoseño, que siempre nos envidió un poco, se burlaba diciendo que Darío era el Gran Khan, nuestro caudillo mogol. A nosotros nos decía los barbaritos. 

—¿Qué me trajiste hoy, barbarito? —decía, cada vez que llegábamos al taller. 

La respuesta variaba. Relojes suizos, parlantes alemanes, cámaras japonesas. Darío mandaba y nosotros arrasábamos. Después contaba la plata. Éramos felices con las migajas, porque era Darío, y ningún otro, quién nos las había obsequiado”. Jorge Cavalieri, “El asedio”, Una piedra en el zapato, Editorial Sudamericana. 

 

La casa de Tedesco tiene un gallinero en el fondo. Es una construcción casera de barro, madera, chapa y alambre; guarda cinco gallinas panzonas y un gallo con el pecho inflado. Adentro los días son crudos. Hace frío cuando hace frío y calor cuando hace calor. 

Las gallinas se acercan cuando nos ven venir. Tedesco les lanza comida desde el otro lado del alambrado. 

—¿Vos estuviste preso alguna vez? —pregunta de golpe.

—No. 

—Lo mal que hacés. Entonces solo conociste la mitad del mundo: la mitad derecha. Para mí Sierra Chica fue una revelación. 

Tedesco abre la puerta y me indica que espere del otro lado. Lo veo buscar entre los ponederos, lento, serio y preciso como los ancianos que no se resignan. No está en edad de hacer movimientos súbitos, entonces se ve obligado a reemplazar la velocidad por intención. Sus manos huesudas manejan el alambre, la chapa y la madera con la prestancia de un artista marcial. 

Vuelve con dos huevos marrones, más bien chicos. 

—¿Qué hay en la mitad izquierda del mundo?

Tedesco no duda. 

—Un incendio. 

 

Juan Zavala es director de cine. Se especializa en videoarte, un género con el que ganó muchos premios, incluyendo el Berlin Art Prize y la Bienal de Seúl. “Sin nunca llenar una sala”, aclara, con un tono que queda en el punto justo entre la modestia y la coquetería. Vive en un departamento cómodo y funcional de Coghlan, rodeado de libros y cintas, cerca de la estación de tren; asegura haber sido, durante su juventud, muy hermoso. No es difícil de creer: Zavala mide casi dos metros y conserva, incluso a los sesenta y dos años, los ojos almendrados de un gato y las espaldas anchas de un nadador. 

Además, a fines de la década del setenta, Zavala fue pareja de Daniel Tedesco. Tenía diecisiete años; Tedesco, treinta y dos. 

—Fue la mejor época de mi vida y la peor época de mi vida. ¿Me explico?

Zavala siente que no se explica. Entonces no cuenta: enumera. 

—Él acababa de salir de la cárcel, entonces quería hacer todo, todo lo que no había podido. Vivía veinticinco, veintiséis horas al día. Una vez me despertó en mitad de la noche para ir a Lobos, en un Torino robado, a ver una lluvia de meteoritos. Otra vez me prendió fuego dos rollos de la película que estaba rodando (bah, película: te imaginarás lo que podía ser) porque creía que estaba enamorado del protagonista. Tenía razón, por supuesto. Otra vez me armó una búsqueda del tesoro por toda la ciudad; no había un motivo particular, solo tenía ganas. El premio era una foto del Che Guevara autografiada por Borges. Al principio iba a ser una de Evita, pero después le pareció cruel aprovecharse así de un viejito ciego. 

Zavala no se detiene. Para ayudarse en el recuerdo, recoge un álbum de fotos de una de sus estanterías. Como gran parte de los objetos de la casa, ese artículo pertenece a otra época: Zavala tiene hábitos de coleccionista. Sin demasiado escándalo admite que le obsesiona la idea del registro. Si fuera por él, dice, lo filmaría todo. 

—También tengo videos de Dani haciendo sus numeritos —dice—. Tendría que buscarlos, porque contarlos no tiene sentido. Contar a Dani es imposible, te perdés la mitad de la joda; filmarlo también, pero está un poco más cerca. Todavía me acuerdo lo que nos reímos cuando fue a la tele diciendo que era hijo de Gardel. Las fechas no daban ni a palos, pero le creyeron igual. Una cosa única. 

Zavala pasa las páginas del álbum sin detenerse a mirar. Sus manos inmensas cubren las fotos casi por completo; se mueven con elegancia y también con algo de sospecha. Finalmente dice:

—Cuando se fue, yo sentí alivio. Por un lado, porque sabía que Dani no iba a durar mucho acá. Entonces estaban los milicos; Dani llenaba demasiados casilleros. Me alivié por él. Pero no te voy a mentir: también por mí. No era fácil vivir a esa velocidad. 

Entonces Zavala cierra el álbum. Lo hace despacio, con el cariño minucioso de los nostálgicos. Y suspira. 

 

“En algunos artistas, la genialidad es casi indistinguible de la estupidez o la locura. Ambas consisten —desde una perspectiva estrictamente formal— en discontinuar lo existente; en introducir una nueva variante en la cadena de montaje. El error, tanto en el arte como en las estampillas, puede ser tan valioso como el acierto, y la obsesión tan útil como la reflexión. Vivian Maier, Robert Walser y Federico Peralta Ramos no son menos artistas que Warhol o Borges, aunque los muevan motivos muy distintos. Después de todo, los motivos son inescrutables para todos salvo para el autor (e incluso a veces para él mismo)”. Sonia Kovetic, “Dos palabras sobre el artista llamado Dante”, Revista Trapalanda, 2003. 

 

Desde fines de los setenta hasta mediados de los ochenta, Tedesco fue nómade. Abandonó la Argentina en 1978, harto del clima opresivo de la última dictadura militar, y volvió recién en 1985. Esos siete años son un período definido en su vida, al punto que merecen un nombre propio: el desierto. 

—En esa época yo vivía en el desierto neoyorquino —dice Tedesco, y no agrega más. 

Hay pocos registros de esa época. Prácticamente lo único que sabemos es que, en el ochenta y dos, Tedesco vivía en París. Sabemos esto porque en ese año un pequeño incidente judicial trascendió su opacidad de exiliado. Durante una exhibición llamada Eaux publiques, en el flamante Museo Pompidou, Tedesco vandalizó una de las dieciséis reproducciones de la fuente de Duchamp que se exponían en la sala principal. Quizás predeciblemente, el vandalismo consistió en mearle encima. 

Tedesco pasó un par de noches en la cárcel y después fue liberado. 

—Tuvo suerte —dice Laura Diamanti, asesora legal de la embajada argentina en París durante 1982—. Él decía que había sido un numerito, una especie de performance, pero eso no se sostenía por ningún lado. ¿Qué clase de artista no tiene nada para mostrar, ninguna beca, ni siquiera una participación en una muestra roñosa de San Telmo? Era totalmente inverosímil. Tuvo suerte porque el museo estaba muy preocupado por evitar la publicidad, tenían miedo de que terminara inspirando a otros vándalos. Arreglaron todo con una multa y una orden de restricción.

Diamanti es una mujer mayor con ojos chispeantes y despiertos; tiene el pelo largo, teñido y tirante. Mira con suspicacia y un poco de sorna, como quien trata de adivinar el truco del mago. 

—Si te digo la verdad, me sorprende que Tedesco siga vivo —dice, mientras arregla con coquetería su pelo rubio. Después agrega—: Supongo que es el tipo de hombre que muere joven o no muere nunca. 

 

Zavala por WhatsApp:

Me acordé de algo. ¿Vos sabés por qué Dani se fue de Buenos Aires?

No. Creí que nadie sabía. 

Es verdad, casi nadie sabe. Y yo no te lo voy a contar, no puedo traicionarlo así. Pero fijate si él te dice. Lo más probable es que te mienta, pero yo te puedo dar la confirmación. 

 

“A fines de la década del ochenta, quizás el peor error que podía cometer una joven de buena familia como yo —exponente consumada de lo que Silvia Marchetti llama ‘la triple b’: burguesa, bilingüe, boluda—, era conocer a Daniel Tedesco; y aún peor que conocerlo era frecuentarlo, formar parte de ese extraño cenáculo narcótico que solía reunirse en La Academia, el bar de mala muerte donde Tedesco tenía su mesa fija, justo debajo de un retrato de Gardel. Ahí recibía a su pequeña corte de aduladores, una docena de muchachos —todos hombres— sedientos de cerveza y de autoafirmación, artistas displicentes que nunca se cansaban de hablar de sí mismos, entre los que yo era —quizás por presión de minoría— la peor y la más ruidosa. Tedesco escuchaba, cada tanto peinaba una línea, y muy de vez en cuando —no debía ocurrir ni siquiera todas las noches— hablaba en voz alta; pero cuando hablaba todos escuchábamos, como cuando un imán recita de memoria los versos de Mahoma. Hoy pienso en sus palabras y me doy cuenta de que no son, o no parecen, tan geniales como eran o nos parecían, pero yo quiero creer que, jóvenes y desencantados como éramos, esto se debe a que a las palabras les falta algo muy importante: la voz de Tedesco, el cuerpo de Tedesco, la mirada luminosa de Tedesco, que le daban una sustancia que ninguna otra cosa en el mundo podía imitar. En esos momentos, mientras hablaba, todos lo amábamos con locura, y yo especialmente”. Magdalena Aliberti, Memorias de una chica moderna, Tusquets. 

 

Un hombre desconfiado, con voz grave y cejas a la Jack Nicholson, dice:

—¿Tedesco? Ese tiene que estar armando algo. Los tipos como él no cambian. 

 

El pasillo es bajo y angosto, apenas lo suficientemente amplio como para dejar pasar a un adulto. Nos obliga a caminar en fila. Tedesco encabeza la marcha hacia el cuarto del fondo, la única habitación de la casa con la puerta cerrada. Lo demás —no es mucho— puede abarcarse con la mirada desde el living: una cocina comedor, un baño, un cuarto. 

Tedesco abre la puerta. En el cuarto hay: tres bibliotecas de acero repletas de libros comidos por la humedad; una montaña de equipo de filmación obsoleto; una bicicleta sin la rueda delantera; un escritorio con un tablero de dibujo; una bolsa de consorcio abierta llena de huesos delgados y quebradizos; una carabina de bajo calibre; dos motores de motocicleta a medio ensamblar; pilas y pilas de repuestos, partes, piezas y resabios; una bañadera antigua. 

La bañadera está llena hasta la mitad con una pasta gomosa y rosada. 

—Desde hace un año que estoy guardando los chicles. Después veo qué hago —aclara Tedesco sin darle importancia. 

Dante se recoge los pantalones y, con paso lento, mete su alpargata talle treinta y seis —“pies de princesa”, dice con una sonrisa insidiosa— entre los despojos que cubren el suelo de la habitación. Ese movimiento estudiado, clínico, que le descubre parte del tatuaje que tiene en la pantorrilla. Un rostro. El siguiente movimiento lo vuelve a cubrir. 

No pide ayuda, aunque quizás la precisa. Yo tampoco la ofrezco. Finalmente, después de un par de pasos cuidadosos, Tedesco llega a la biblioteca del fondo. Ahí recoge un manojo de revistas. 

—¿Vos querías saber de La canallada? —dice—. Acá tenés. 

Lanza al suelo unas diez revistas. El golpe es seco y levanta polvo. 

Revisar esos papeles se siente como saquear una tumba. 

 

—¿Hablaste con Magda? —dice Pedro Cángele—. Magdalena Aliberti. Ella sabe todo. 

—No me respondió. 

—Qué lástima. Ellos dos eran muy cercanos, ¿sabés? 

Pedro Cángele es librero. Tiene un puesto de usados en Parque Rivadavia; vende de todo, desde manuales escolares hasta poesía latina en ediciones bilingües. También es uno de los mayores coleccionistas de revistas literarias de la Argentina y, en teoría, una de las pocas personas que tiene los cinco números de La canallada

—Un par de veces me vinieron a hablar de la Biblioteca Nacional —dice Cángele—. Quieren comprarme todo. Yo les dije que no, obvio. Cuando me muera quizás, pero por ahora esto es todo mío. 

Mientras habla, Cángele señala a la biblioteca que hay a su alrededor: cuatro paredes con estantes desde el suelo hasta el techo. Es un santuario o un basurero, depende de quién lo mire. En su casa apenas queda espacio para sentarse. 

La canallada es totalmente ilegible, pero tiene un par de récords. Por eso me interesaba. 

—¿Cuáles?

—Bueno, para empezar, debe ser una de las revistas con mayor tasa de letalidad de la historia. En el primer número había trece firmas. En el segundo, doce. En el tercero, nueve. Me sorprende que hayan llegado a cinco ediciones.

Por un momento, Cángele juega al forense. Dice: Soldano, ataque al corazón, es decir sobredosis; Asad, lo mismo. A Muñoz lo chocó un camión cerca de Rosario. Y a Cavalieri le entraron en la casa y le pusieron un tiro, nadie sabe bien por qué. Algunos dicen que fue Tedesco, por un asunto de faldas, pero a mí me parece una exageración.

Se nota que Cángele disfruta de ejercitar su memoria. Recuerda los nombres, los años, los meses. Cada vez que duda, saca la lengua y se la muerde, como si hiciera burla. 

—¿Era una buena revista?

—¿La canallada? No, era una porquería —dice Cángele—. Fea, llenas de errores de ortografía, mal diagramada, peor impresa. La hacían ellos, de noche, en una imprenta de por acá, en Barracas. Nunca entendí hasta qué punto el dueño sabía; para mí le tiraban unos mangos al guardia nomás. La tirada era tan chica que ni se debían dar cuenta. 

Cángele se pasa la mano por la cabeza. Tiene apenas unos mechones de pelo castaño, pero es hirsuto y rebelde. Después se levanta a abrir una ventana. 

—Igual, si te digo la verdad, a mí me gusta. Es fea, pero tiene personalidad. 

 

Tedesco pasa las hojas de un cuaderno Gloria. En cada página hay un dibujo en lápiz hecho a mano alzada; son diagramas detallados de productos industriales, con vistas desde distintos ángulos y cortes longitudinales que revelan su interior. Aunque nunca hay palabras, ni números, ni medidas, muchas páginas incluyen escenas donde se retrata el uso de los productos. Pequeños personajes andróginos los aprietan, los giran, los empuñan o los cargan. 

—En esa época yo me quería hacer millonario. No sé para qué, en realidad. Para probarles a los demás que podía, que hacerse millonario era una boludez. Y se me ocurrió que la única manera, así como soy yo, era con un invento genial. Entonces me pasaba el día dibujando. Mirá, esta es una correa de paseador con cinta métrica, para regular la distancia a la que van los perros. Un tema de seguridad, claro. Este es un vaso con base de posavasos. Un trabalenguas, ¿no? Pero se entiende.

La mayoría de los dibujos son totalmente inescrutables: ni siquiera Tedesco puede entender su función. Dice que ya pasó demasiado tiempo. 

—En el momento estaba clarísimo, pero bueno, es como cuando anotás algo medio dormido, a veces te cuesta descifrarlo. Mirá, ¿esto qué es? ¿Vos te das cuenta?

—No. ¿Es una vela?

—Casi, una bengala. Dura exactamente lo mismo que el feliz cumpleaños. ¿No es genial?

Las preguntas de Tedesco solo admiten dos respuestas: el error o el asentimiento. 

 

El amigo de una amiga conoce a alguien en Archivo DiFilm, el archivo audiovisual más grande de Argentina. Por un módico precio, consigue un DVD con una copia de un programa de Odol Pregunta. El archivo está en blanco y negro y no tiene audio, pero es el único disponible. 

—Gracias, chiquito —dice Tedesco mientras mira la pantalla—. El audio no lo necesito: me acuerdo perfecto. Fijate, ahí me está preguntando por un fragmento de Proverbios. 

Tedesco entrecierra los ojos para ver mejor, cosa que le marca las arrugas en la boca y en los ojos. Sin embargo, a pesar de los años, el parecido con el chico de la pantalla es inconfundible. 

—Una joya, chiquito, realmente.

Tedesco escupe su chicle dentro del envoltorio original y se mete uno nuevo en la boca. Mastica con la boca abierta.

—¿Qué querías saber entonces? —pregunta.

—Por qué te fuiste de Buenos Aires. 

—Ah, eso. 

Tedesco gira su silla. Algo chirria en el suelo y algo chilla en la distancia. Entonces mira a los ojos como un tigre o como un verdugo, como un santo, como un rey tirano mira de pronto a sus súbditos temblorosos de temor. 

—¿Vos podés guardar un secreto? —dice. 

Mayo de 2022

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Entrevista a Elías Sarquis. Por Silvina Urrizmendi

La cámara poética

En la imagen confío, en la palabra no tanto

Fotografiar es el término correcto, pero sacar fotos quizás describa mejor lo que hace Elías Sarquis (29), autodefinido compositor visual. Sacar fotos implica extraer. Sustraer algo de la realidad inmediata y que ese algo exprese una idea. Hace cuatro años, Elías diseñó un dispositivo que se llama cámara poética y que funciona más o menos así:  la cámara saca una foto, la tecnología reconoce determinados elementos en la imagen, les asigna una palabra a través del uso de un programa de Google y el conjunto de las palabras arma un poema. Dicho de otra manera, el dispositivo traduce una imagen en un texto poético. Pero antes de crear la cámara poética, Elías empezó una carrera, la dejó, sacó fotos con el celular y con diferentes cámaras, las analizó y se autoanalizó. 

¿Cómo nació la cámara poética?

E: La versión corta es que una vez alguien me dijo que mis fotos eran poesía y eso me quedó resonando. Entonces pensé en cómo hacer para convertir las fotos en textos poéticos. La versión larga es que siempre me costó mucho hablar, no me siento cómodo expresando las cosas que siento con palabras. Nunca llegan a expresar exactamente lo que quiero decir, algo que no me pasa con la imagen. En la imagen confío. En ese sentido, la idea fue tomar la tecnología para poder extender una habilidad y llevarla a un territorio que no me es propio, un sitio incómodo. Es liberar a la tecnología para liberarme un poco a mí. 

¿Cómo fue el proceso de confección del dispositivo?

E: Si bien tenía ciertos conocimientos previos, tuve que aprender muchas cosas para armar el dispositivo y que funcione. Estuve un año entero dedicado prácticamente solo a eso, casi sin sacar fotos. Hubo algo de intuición, de probar, de ensamblar cosas. Pero tuve que investigar muchísimo. 

¿Pensás que hay un límite en el uso de la tecnología en el arte?

E: Creo que antes que nada hay que diferenciar lo que es la creatividad del uso de la inteligencia como extensión o herramienta. A veces se pueden extender las habilidades propias a través de la tecnología, pero otras veces esa misma tecnología nos limita  porque la usamos demasiado, nos apoyamos en ella. Siempre habrá buenxs artistas que hagan cosas genuinas y que no dependan de la inteligencia artificial para que cree por ellxs. Creo que los límites, en un punto, se van evaporando. Pasa cuando ya no sabés si algo está creado por una persona o por una máquina.  

¿Qué significa exactamente ser un compositor visual?

E: Es concebir la fotografía como un medio y pensar a través del encuadre. Disponer de los elementos dentro de ese encuadre, hacerlos dialogar y crear una composición que tenga un significado.  También me gusta vincular lenguajes, ver hasta qué punto ciertas disciplinas comparten límites y extender las posibilidades. Diría entonces que soy un compositor visual cuyo campo de acción son las artes electrónicas. 

¿Cuándo y por qué empezaste a sacar fotos?

E: En el 2014 estudiaba Ingeniería Civil y no estaba a gusto con la carrera, no me sentía parte de nada. Desmotivado es la palabra clave. Lo único que me hacía bien era sacar fotos con el celular en el trayecto hacia la facultad. En el transporte público, en la calle. Ahí descubrí que tenía algo para decir. Revisaba las imágenes y de repente veía una foto de una chica, en el subte, pintándose las uñas, con una expresión muy particular en la cara. Me parecía que esa fotografía decía algo.

¿Armás la escena o es siempre un registro en clave documental en la calle?

E:  Tomo la realidad como materia prima, no soy de intervenir en la escena, pero sí soy un gran farsante y mentiroso con la edición. Es un poco el valor de la fotografía me parece, tomar algo que está ahí, aislarlo y armar una composición a través del lente, de poder capturar la luz. Se trata de darles valor a ciertas partes de la escena y dejar ciertos elementos afuera, elementos que están en la realidad, pero no en la foto. Entonces, así, se puede cambiar el sentido. Me gusta que las cosas aparezcan como por arte de magia y permitir que fluyan en su curso natural. En el momento de producción acciono puramente de forma instintiva. Veo algo y lo capturo, no pienso porqué. El trabajo intelectual lo hago después en el trabajo de edición. Ahí reconozco las cosas que me obsesionan: la soledad, la velocidad, el amor, el vínculo con los otros. 

¿Tenés alguna fotografía preferida de entre las que hayas sacado?

E: No necesariamente, más bien siempre estoy pensando en las que voy a hacer, en lo que me falta. No puedo apagar el sensor. 

¿Y  de la cámara poética? ¿algún resultado que te haya sorprendido más que otro?

Pasó algo especial cuando usé el dispositivo en el velatorio de Maradona. Era la primera vez que llevaba la cámara poética a un evento de ese tipo, pensaba en una forma de fotoperiodismo. Ahí le saqué una foto a un fanático que tenía un poster de Maradona alzando la copa. Se había cuestionado mucho si se tenía que hacer o no la despedida masiva por la pandemia. En ese contexto, la cámara poética, frente a la foto del fanático, generó la frase: “¿Se puede hacer un evento masivo sin comunidad?”. Creo que hay un poco de magia detrás de eso. 

¿Qué suceso te hubiese gustado fotografiar?

E: La crisis del 2001. Si bien era muy chico, me hubiera gustado documentar esa parte de la historia argentina. No sé qué tipo de imágenes hubiese hecho, en qué me hubiese concentrado. Cómo me hubiese sentido en ese contexto. 

¿Tenés algún objetivo que quisieras alcanzar con la fotografía?

E: Objetivo suena a algo muy definido. Lo que sí tengo es un compromiso con la imagen. Tengo mucho respeto por el medio y un interés por ir más allá del lenguaje, de ir más allá de lo que se ha visto. Sentir que aporté algo. Ser prudente con la producción, no traer más imágenes al mundo que ya se hayan visto o que repitan algo.

Contanos sobre tus influencias 

E: Me influencia mucha gente del medio, pero también las personas que me cruzo cotidianamente. Puedo encontrar inspiración en una verdulería, en la repuesta de una cajera del supermercado, en cómo se mueve mi peluquera cuando me corta el pelo. En fotografía tuve un gran maestro que fue Carlos Bosch, quien me hizo hacer un click, un cambio importante para entender quién soy, algo que todavía sigo buscando. 

Si tuvieses que elegir una palabra para definir tu oficio, ¿cuál sería?

Detener. Siento que todo va muy rápido y no lo puedo asimilar. Entonces la fotografía me permite detener la cosas y poder observarlas. Veo algo y saco una foto a mi tiempo, que es uno muy distinto al del dos mil veintidós. Lo cierto es que me gustaría ver todo en cámara lenta. 

¿Qué hace a unx buenx fotógrafx?

E: Un buen fotógrafo o fotógrafa no es necesariamente quien tiene buenas fotos, sino también quien no muestra las malas. Hay un gran valor en saber elegir.  

¿Cuánto te influye el gusto ajeno a la hora de trabajar?

E: Por ahí antes pensaba más en eso, pero ahora trato de confiar más en mi visión. Pienso que es difícil mantenerse firme cuando estás condicionado, por un lado, por la técnica, dado que cada cámara tiene sus características, y por otro, por las redes de difusión que te imponen sus propios parámetros. Hay que adaptarse a una relación de aspecto, a una duración impuesta, a los algoritmos que hacen que te vean o no. Hoy en día mi principal canal de difusión es Instagram y tengo que diseñar contenido que sea funcional a ese soporte.  

Si tuvieras que elegir entre: + número de seguidores y + limitaciones de formato o -número de seguidores y -limitaciones de formato, ¿cuál elegís? 

E: El tema es que nunca sabés quién está del otro lado, qué fibra personal podés llegar a tocar o qué no. Entonces siempre se habla de casos hipotéticos e ideales. Quizás, más bien, me interesa la gente que no puede entender las fotos. Las personas que están alejadas de la fotografía.  Pero sí pienso en el fenómeno de otras imágenes condicionando la lectura de una foto. Por ejemplo, una persona llega a mi Instagram, pero antes de ver mi historia ve una publicidad de un sillón rojo sobre un fondo blanco. Todo eso condiciona la forma en que va a ver mi foto después. La cámara poética, en un punto, lucha contra eso. Sí, usa tecnología de Google y se apoya en otras cosas, pero lo importante es que las limitaciones se las pongo yo y no el afuera. 

Silvina Urrizmendi, agosto del 2022

@e_sarquis

@camara_poetica_

eliassarquis.com

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Reseña The Rehearsal. Por Silvina Urrizmendi

La vida es mejor con sorpresas

Saber si lo que vemos en cada episodio de la serie The Rehearsal es real o no (ficción versus documental) es una pregunta que da vueltas todo el tiempo a medida que pasan los episodios, pero la falta de una respuesta certera no cambia lo esencial del programa; en todo caso, lo subraya. Este show juega todo el tiempo con el concepto de armado y de ficcionalidad. En el centro de todo subyace la idea de verdad, de cómo cada unx de nosotrxs construye una verdad y de cómo, a veces, es posible manipularla.

Como su nombre lo indica, la serie plantea diferentes historias en las que las personas ensayan situaciones que quieren abordar en su vida real y no saben cómo o si es algo que realmente quieren hacer. Cómo confesar una mentira de años a una amiga es un ejemplo. Un ensayo sobre la maternidad y el matrimonio es otro. Para las simulaciones, dirigidas y orquestadas por Nathan Fielder, creador y guionista de la serie, se usan actores y actrices que interpretan a lxs conocidxs de las personas en la vida real. Se usan también escenarios montados que reproducen al máximo de detalle los lugares concretos. De esta manera, los protagonistas de los diferentes episodios tienen una idea de a qué se enfrentarían en la realidad. Se consideran todas las variables y se practican las situaciones. 

La primera temporada de la serie (ya se confirmó la producción de la segunda) tiene un total de seis episodios (todos disponibles en HBO). El primero funciona como una suerte de capítulo modelo que explica, en su desarrollo, cómo funciona un ensayo. Enseguida el programa deja en claro que existen diferentes capas de verdad en las simulaciones. Por ejemplo, el propio Nathan Field quiere decirle algo al protagonista del episodio, pero antes lo ensaya con un actor que interpreta a dicho protagonista. Un ensayo dentro de un ensayo. Esta mecánica se va a repetir a lo largo de los demás episodios con un nivel de complejidad mayor, como en el capítulo en el que se emplean actores (que bien podrían ser actores haciendo de actores y no de sí mismos) para hacer de personas reales random y Nathan termina personificando a uno de esos actores. La distinción entre personaje y persona (de la vida real) se difumina. 

A partir del segundo episodio, la estructura del primero no se repite al pie de la letra y Nathan se integra a un ensayo sobre la maternidad y la paternidad, el cual se va a desarrollar hasta el final de la temporada. Lo disparatado de las situaciones que plantea el programa nos lleva a pensar que todo se trata de una ficción con apariencia de documental. Que todo está guionado en el sentido más estricto de la palabra. Pero claro, esto depende la subjetividad propia en relación con qué es disparatado y qué no, y el preconcepto que a veces tenemos de la cultura estadounidense como una que se “presta a todo”. 

Ahora bien, ¿qué es lo que entretiene de la serie? En sí, la idea de poder ensayar situaciones como las que plantea el programa es tentadora. Es fácil empatizar. Quién no tiene un secreto que le gustaría confesar. Quién no quisiera saber de antemano a qué tipo de retos se enfrentaría de tener unx hijx. Pero más allá de que las situaciones que se plantean apelan al general de las personas, la figura de Nathan es crucial. Él es, en un punto, el verdadero personaje principal, mas no el héroe. Es, a menudo, quien provoca la risas con sus reacciones y con su postura casi inmutable. Es la voz de la ironía y, a veces, del sentido común, pero es a la vez la mente detrás de la excentricidad que es en sí el programa. Es cierto que el tono y la propuesta del show no es para todxs, si unx no se engancha con el planteo y con el tipo de humor, puede resultar difícil pasar del primer episodio, incluso terminarlo pese a que dura media hora. Por momentos puede parecer que Nathan se burla de las personas, pero creo que lo compensa hablando de eso uno de los episodios y haciéndose cargo. En ese sentido, además de ser una metaficción (ficción que reflexiona sobre su condición de artificio), The Rehearsal es antes que nada un contenido que destila autoconciencia: se burla y dice que burla; usa niñxs para ensayar situaciones delicadas y se cuestiona ese empleo; intenta prevenir todos los resultados y sabe que es imposible.  Además, propicia la autorreflexión, la tarea individual de pensar porqué nos causa gracia lo que nos causa gracia y porqué damos por sentado lo que damos por sentado.  

Por cómo se desarrollan los episodios y por lo que sucede en el último capítulo, The Rehearsal necesita que la veamos entera para terminar de decantar la propuesta. El show es una parodia, un docureality, una ficción y una propuesta original. Es también una serie sobre la crianza, la construcción de la verdad, el imaginario personal y la idea de que no importa cuánto ensayemos una situación, siempre hay algo imposible de anticipar.