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Volver eterno el intento/ Entrevista a Flavia Calise. Por Josefina Del Popolo

Me encuentro con Flavia en el histórico café Varela Varelita. Si los poetas fueran rockstars Flavia carga con esa misma mística, cómo si la rodease un misterio que nunca develará. Está sentada en una mesa que da a la ventana. Trajo un ramo de flores y su cámara analógica. Tiene las uñas pintadas de color rojo, lleva una blusa verde loro y en su silla veo colgada una cartera de animal print. 

¿Qué sentís qué está pasando hoy con la poesía?

F: Creo que lo pasa hoy en realidad tiene que ver con lo que empezó a suceder en el país aproximadamente en el año 2015, a nivel social, económico y emocional: estábamos todes muy mal. Los lugares donde nos juntabamos, bares, centros culturales, estaban cerrando o en crisis. Y entonces la gente, desesperadamente y creo que hasta inconscientemente, comenzó a necesitar darle entidad a otros lenguajes, que quizás ni conocían y que aparecieron en ese momento. Uno fue el Tarot y otro sería la Poesía. También influyeron las redes sociales. Haciendo que la poesía llegue a distintas personas y que se le preste más atención e incluso provocó que surja un nuevo tipo de interés. 

Hoy en día hay un resultado en relación a eso. Hay muchas editoriales publicando más poesía que antes, se le está dando más valor en festivales, hay más talleres de poesía. Entonces está cobrando otra identidad. Tiene más peso, más valor cultural que en otra época.

¿Qué es para vos lo central en la poesía?

F: Además de lo intuitivo, lo central es el trabajo. Es importante trabajar la poesía y revisar lo que uno escribe y ver los modos de afilarla. Pienso que es fundamental escribir un poquito todos los días -lo que sea- y también es importante inspirarse. Buscar cosas para hacer y escribir: ir al cine, ir a ver obras, leer a otres autores.

¿A vos qué te produce inmediatamente ganas de escribir?

F: Leer a compañeras, leer a mis amigas. Últimamente, ver series también me genera ganas de escribir. Intento, cuando puedo, tomarme un día entero para leer, porque siempre después me dan ganas de escribir. Ir a ciclos de poesía. Es importante para escribir leer y también ir a ver cómo leen poesía. 

¿Por qué pensas que escribis poesía?

F: Ahora escribo por un motivo distinto al que cuando comencé. Al principio, escribía porque era el único modo que tenía en ese momento de decir lo que quería decir. Escribo desde muy chiquita y había sentimientos que no podía describir con las palabras que conocía, entonces sentía que tenía que escribir las propias y que tenía que inventar una especie de lenguaje porque no me encontraba cómoda en la vida. Me parecía un mundo hostil y sufría un montón. Siento que encontré en la poesía, primero leyéndola, algo que no entendía porque era chica pero me interpelaba y me gustaba. Me sentía cómoda en ese lugar entonces empecé a escribir por eso. De algún modo, algo de eso me emocionaba y quería encontrar mi propia manera de escribir. Tenía doce o trece años. Pienso que en ese primer momento fue más por necesidad, para expresarme. 

¿Y ahora?

F: Ahora también hay una necesidad pero a los treinta es de otro tipo. Es un trabajo, hay una voz construida. Antes era como una necesidad primaria “hago esto o muero”. Ahora no muero, es una necesidad laboral y está más afilada.

¿Sentís que hubo algún momento inaugural en el que te nombraste poeta? ¿O fue más un proceso?

F: Me costó mucho tiempo decir eso. Lo empecé a decir hace un par de años por un tema más de militancia. Militar la Poesía. Siempre estuvo muy bastardeada y se le dieron lugares muy pequeños. Entonces, de repente, me parecía que nombrarse poeta en determinados lugares era una especie de militancia. 

¿Con los años te fuiste imponiendo reglas en cuanto a qué y cómo escribir?

F: Si. Me está pasando que en el último año me aburri de escribir sobre ciertas cosas. Empecé a escribir cosas más chiquititas, del detalle. Como mirar una foto y escribir. Volver a mirarla y escribir. Me propuse escribir sobre el romance desde otro lado: el romance con mis amigues, los detalles amorosos, les desconocides, una sensación que poco sé nombrar, escribir sobre el misterio. 

Hace cuatro años que das clases grupales de poesía y performance ¿qué sentís que te aportó?

F: Todo. En la docencia siento que encontré el lugar dónde tenía que estar. Me aportó mucha paciencia y comprensión. Me hizo conocer a autores y a autoras espectaculares, aportandome otros paisajes, otras palabras que no conocía o que elles mismos inventaban. Acompañando muchos procesos no solo de escritura sino de la vida. No me interesa ni puedo despegar eso en mi modo de enseñar,  me di cuenta que podía asociar a la poesía no solo desde el hacer sino con el brillo del proceso de la otra persona. 

¿Cómo encaras el armado de una clase?

F: Siempre tengo un esquema pero también me gusto muchísimo adaptarme a la actualidad. Si hay un tema, extra poético me refiero, lo puedo traer y unirlo a lo teórico, a algún autore que no conozcan. Me parece más divertido, más lúdico. 

¿Qué te pasa cuando lees textos tuyos publicados hace mucho?

F: Yo publiqué por primera vez cuando tenía 19 años. Desde entonces pasaron muchas cosas, en el mundo, en lo personal. Al principio, me daba mucha vergüenza y después con el tiempo entendí que es parte del proceso. Hay cosas que escribí con las que no estoy de acuerdo o directamente no me gustan y ahora pienso que está re bueno porque quiere decir que hubo movimiento, hubo flexibilidad y si hubo flexibilidad quiere decir que hubo apertura, hubo proceso, hubo cambio. 

En el libro “Maestros de la escritura” de Liliana Villanueva, uno de sus entrevistados dice en un momento que “la literatura es un intento de eternizar momentos”, yo te pregunto a vos ¿qué crees qué con tu escritura se volvió eterno o qué te gustaría que se vuelva eterno? 

F: No creo para nada que yo haya vuelto algo eterno. Sí creo que en mí volví eterno el intento. Escribo desde toda mi vida, entonces fue lo que más hice. Esa insistencia representó vitalidad en mi escritura. 

Y respondiendo a la segunda pregunta, estoy en un momento muy lindo después de mucho tiempo, entonces creo que querría qué se mantenga esa sensación de esperanza por las cosas. No soy una persona muy positiva pero ahora siento que estoy disfrutando de un montón de cosas. Quiero que se mantenga la esperanza en las cosas chiquitas y cotidianas. 

/ Por: Josefina Del Pòpolo (@josefinadelpopolo)

Flavia Calise (@flaviacalise) es una poeta, performer y docente argentina. Coordina el taller @esimportantebesarse. Publicó, entre otros libros, Beso las flores antes de tirarlas (2018, Concreto), ¿Qué es la ternura? (2019, Concreto), Mientras te llamo diseño mi tumba (2021, Concreto) y El libro de los peores sentimientos (2021, Acordeón).

cruzamos la calle juntas 

nos angustia no tener trabajo

le dije que me gustaría dejar de amar, mantener la esperanza a través del sol

que la depresión sea un perfume

una mano con un pañuelo sosteniendo la nariz

no más un puñal, entre el hueso y la carne

después de un tiempo el amor no pesa en el corazón sino en la espalda

la culpa es un sombrero

toca una cabeza y la cubre del clima

¿se puede abandonar un sentimiento con forma de agua?

a veces estoy en el cielo, sobre un cajón sin botellas

corto la soga con fuego

me desparramo en el aire

tu casa desde arriba parece

un puerto, viven dos

medusas

gelatina cristal

sus brazos se abren, besan

la cima

venenosa, pierdo

porque confío rápido en quien parece que presta atención

te bañaste y bailé en tu living, tu alfombra me dejó un rasguño

inútil

para saber cuidarse, primero hay que tener esperanza

estiré la cama, esperé el llamado

bailé en el living, pisé tus aros: sangré de noche

alguien dejó un cuchillo cerca, te pedí que no lo agarres

estiré la casa, esperé el llamado

abrí las ventanas para que salga el tiempo

un cisne transparente dijo mi nombre y no tenía corazón

estiré la mano, agarré una copa

ayer murió alguien con quien dormí durante el verano

un gemido quedó enroscado en la almohada

abro las piernas para dormir sola

atajar un sentimiento es esperar un avión en el patio

(poema del libro La violencia de una estatua)

27 de abril

soy la okupa de mi propia casa

desde que la propiedad se fue de mi

ya no tengo escritura y como en los sueños

la puerta de entrada me espera afuera.

tamara kamenszain

bebo por la casa y tropiezo con mis cosas.

las botas texanas abiertas en la cocina parecen

murciélagos, esperan que pase para asustarme

tanto me alumbra la noche que me expone,

hago fuerza con la boca y se hinchan mis labios:

desde hoy sólo hablaré con animales

repito halagos para el perro que trajo una amiga.

pensó que necesitaba concentrarme en alguien

que no diga una sola palabra en mi idioma,

ni sepa el significado

de billete, secreto, accidente, vacación de lujo

el perro se deja acariciar muy rápido y me enoja.

me aterra que me agote elegir, dejarme tocar por el raso,

el guante que busca peligro.

¡qué alivio! deprimida miento,

hecho a todos de mi casa, busco una estrella en el cielo,

le pongo el nombre del fantasma que extraño

me duermo fácil y sueño.

estoy en una fiesta de noche,

para no hablar juego con un niño,

lo hago dormir, la fiesta avanza y nadie lo llama.

una mujer me mira y sonríe ¡no es mi hijo!, le grito.

el niño se duerme sobre mi y sale el sol,

corro por el jardín, todos se fueron.

caminamos por la calle.

en el sueño me gusta fumar. tengo las caderas

más anchas y mis ojeras son verdes

como un pino nuevo.

¿qué me gusta de esta ciudad?

camino por warnes entre los autos despedazados

para sentirme acompañada,

hace dos días compré pan y lo dejé

sobre un renault 12 sin volante.

el niño me pregunta ¿qué es el desamparo?

le pido que aprenda a ladrar

(Poema del libro Mientras te llamo diseño mi tumba)

locus-solus8

Cuatro Obras / Una charla Entrevista a Pablo Ziccarello. Por Darío Lipovich

Cada vez que nos vemos, desde hace años, diariamente en la escuela de nuestros hijxs, una vez por semana en la juntada a tocar o más esporádicamente, como nos vimos durante un tiempo, PZ me cuenta dos o tres chistes. Ante todo soy artista, también me dijo, una noche en su auto rojo. El territorio en el qué su obra se despliega es visual: pinta, dibuja, saca fotos  y filma. Además da clases. Están todos aprobados, dibujen porque quieren dibujar es el modo en que se presenta a sus alumnos cada cuatrimestre.

Pablo: El esfuerzo no es interpretar una obra, es haber salido de la casa para ir a ver una muestra. 

Darío: ¿Cómo es la receta del té en termo?

P: No me cambies de tema…Quiero decir, que la interpretación de una obra puede ser una batalla pero nunca es esfuerzo, por más que fuerce la razón y/o el cuerpo de quién la experimenta/interpreta. El intérprete en la música sería el oyente, y también  el músico/a/e  en tanto oyente de sí mismo, ¿no? En todo caso el esfuerzo que implica peregrinar hasta donde se encuentre la obra es el indicador de un interés tal que moviliza físicamente, más allá de que se vea recompensado o no el esfuerzo, porque la decepción es más la regla que la excepción. Pero cuando pasa algo, pasa algo importante. Y en última instancia prefiero pensar que frente a una obra se da un posible encuentro, más allá de las variables de interpretación, como en la realidad de los sueños.

  1. LOCUS SOLUS

Entonces, lo que pueda o quiera o deba hacerse frente a la obra pueden ser muchas cosas, pero no esfuerzo, aunque la obra sea una veintena de cuadritos con fotos de un bosque inmenso, rectangulares, de 10 x 12 milímetros, colgados a 1,60 m del piso. La copia, al ser del mismo tamaño que el negativo, tiene el máximo posible de calidad. Como si fuese un sonido hi fi desde la toma hasta la reproducción, como si de esa manera la intervención pudiera considerarse mínima.

Cada foto es una parte de un bosque que bordea lo imposible de ver y tenemos que decirnos a nosotros mismos qué es eso que está en la imágen. Las paredes donde están colgadas son grandes y blancas. El espacio también es grande y los pequeños cuadros no impiden que parezca vacío. 

Los territorios, superpuestos, intercambian cualidades: el bosque no solo cabe en la habitación vacía, si no que es lo más pequeño de todo, apenas interrumpe la sala desierta. 

D: Hablemos de la decisión del tamaño. Es el parámetro más singular de la obra, pero al mismo tiempo no es el único que está en juego.

P: Supongo que es la memoria que completa la imagen que el ojo no termina de asimilar la que se pone en juego. Con suerte la memoria de la experiencia de haber estado alguna vez dentro de un bosque, dentro de una oscuridad a pleno día.

D: ¿Mantener el tamaño real de la imagen, es decir, sin ampliar, conlleva la intención de reducir al mínimo posible la mediación previa a que la obra sea expuesta?

P: Creo que no existe una imagen real, sino más bien interpretaciones particulares a partir de estímulos más o menos compartidos. En el caso de Locus solus cada cual ve hasta donde la conformación de sus órganos oculares le permiten; quien más quien menos, todos comparten la experiencia del límite de la visibilidad de la huella fotográfica de un espacio inmenso reducido a índice.

La mediación está planteada inevitablemente en términos del dispositivo fotográfico de captura por medio de cámara pocket con película 110 color, y de las copias de contacto a 12mm x 16mm (escala 1/1 entre el negativo y la copia). El artefacto se completa con una pequeña lámina de aluminio por detrás y vidrio en el frente,  yendo en la dirección de la  imagen/objeto en fotografía.

Solo me interesa la idea de punto de vista subjetivo.  Las instrucciones de montaje de toda la serie de fotografía, además de establecer el mínimo de un metro de separación entre una imagen y otra, dispone la altura de cada una correspondiendo a la de observador promedio. Hay quien debe inclinarse y quien necesita ponerse en puntas de pie; niños y niñas ni aun saltando llegan a ver algo.

  1. Estado de tiempo (i 2020)

Hay un recorrido poco habitual en la creación de esta serie. El encuentro -reencuentro- entre fotografía y pintura sucede en, y por ese recorrido: la impresión sobre papel para acuarela presupone esa intención. Luego, la pintura agrega otro plano. 

Pintar un cielo nocturno sobre una foto de un cielo nocturno también es construir un bucle y ponerlo en movimiento. Ese bucle, esa repetición, no se desactiva nunca. A través de la mirada accedemos al movimiento sin fin en el cual es posible detectar la secuencia foto – impresión – pintura, una y otra vez. 

D: Llamas retoque al hecho de pintar el 95% de la impresión fotográfica. ¿Por qué?

P: Conceptualmente la idea fue que la pintura acompañe la imagen brindada por el negativo y la copia en términos fotográficos. La acuarela no modifica las formas en la imagen, solo opera sobre el contraste de luz y los tonos del color, de manera más o menos evidente, no se busca ocultar la operación de retoque sino que la obra esté signada bajo el dialogo fotografía/pintura.

D: ¿Estás de acuerdo con que el modo de retoque puede tener una carga de impresionismo que se expresa a partir de tu doble visión de la noche al momento de sacar la foto y de la noche en la foto impresa?

P: Es una idea muy arriesgada… no sé si unirla a un periodo específico de la historia del arte moderno, si te referís a eso. En todo caso el plano de la pintura, capas de acuarela, ocurren sobre una impresión en papel y por transparencia se suma al espacio oscuro de la noche que la técnica fotográfica imprime en el negativo, de manera más o menos evidente y sin querer disimular sus recursos… y ahí sí, tal vez sí, pero no sé. 

Creo que en el fondo me interesa en términos históricos la cuestión de  la utilización de recursos propios de la pintura y del dibujo que están en el origen de la fotografía, a modo de bienvenida para la nueva tecnología; también para adaptar su imagen y modos compositivos a la tradición pictórica construida pacientemente durante los siglos previos. Y en esta actualidad en donde el salto tecnológico digital está impregnando nuevas formas de construir y contemplar imágenes que derivan en una relación con la imagen fotográfica que utiliza elementos propios de la fotografía química analógica en forma de filtros etc. Otra vez como forma de adaptación tecnológica a un nuevo modo de representar y dar cuenta del mundo.  Entonces creo que es un buen momento para huir de la lógica binaria dominante y retomar el trabajo manual extremo, agarrar los pinceles, y terminar la imagen fotográfica como se hacía hace casi 200 años. 

D: ¿Qué lugar tiene la indeterminación en esta serie?

P: En casi todas mis series de fotografías es la indeterminación del resultado lo que me mueve a intentar su realización.

  1. LUZ ACCIDENTAL

Todo lo que se puede pensar y decir de una persiana baja en este país está contenido como afirmación en esta serie y permite moverse rápido de ese lugar simbólico. Como anverso de Locus Solus, la profundidad de las fotos y su riqueza irán apareciendo cuanto más grande sea el lapso que las miremos. Podemos ver esas persianas de colores durante mucho tiempo, también como experiencia opuesta a lo que esos objetos duran sin ser intervenidos. Encontrar en Buenos Aires una persiana recién pintada es parecido a dar vueltas con el auto buscando dónde estacionar. Pero también, una persiana recién pintada puede aparecer aún en la vereda que transitamos siempre y que creemos que nunca va a cambiar. La pintura nueva tiene más capacidad de reflejar la luz. Entonces, es posible que detectemos, en el color aparentemente pleno, alguna variación de sombra que dé cuenta de que algo, en movimiento o quietud, fue captado y reflejado por la persiana y luego por la película. Esto no termina de confirmarse en un movimiento similar a los de las fotos retocadas, aunque también aporta, como aquellas, pero de manera más sutil, la posibilidad de ver una imagen de capas.

D: Retomo una respuesta anterior para preguntarte el modo en que la indeterminación entra en juego en esta serie.

P: En términos de proceso de construcción de obra en este caso no juega demasiado, tal vez en términos descriptivos o documentales sí puede ser útil la indeterminación, que al excluir su entorno inmediato y cualquier elemento narrativo, genera cierta extrañeza y abstracción. Creo que lo interesante de esta abstracción se tensa con una lectura política de la serie, algo que parece que se da de manera cíclica cada x cantidad de años.

D: En una persiana recién pintada se oye un sonido continuo, no alejado de una nota pura. Al igual que con estas, los tonos-armónicos que la componen son relativamente pocos.

P: Acá la metáfora musical o sonora creo que queda nomas en esa especie de pentagrama extendido que generan las líneas horizontales y paralelas que son el común denominador compositivo de la serie, creo que tienden más al silencio, que también puede ser confundido con un sonido continuo. Un referente inconsciente de estas fotografías es la obra silenciosa de Agnes Martin, artista que supe admirar mucho a la distancia y hace tiempo, en ese sentido pienso que esta serie de fotografías funcionan más bien como si documentaran pinturas impensadas en el espacio público, entonces en la copia le presto atención a los matices de color, que en cada caso dependen del Angulo incidental de la luz indirecta del sol que, además de modificar el color de la pintura de cada persiana en su captura fotográfica, da cuenta del reflejo difuso del mundo que está justo enfrente, como un espejo opaco.

En la base de esta indagación está la idea del color como accidente de la luz.  

  1. CRÉDITO

Una insistencia. 

No está en juego la supervivencia, sí algo del orden del persistir colectivo. Que no se pierda el objeto -cuadro-, pero que también pueda asirse la imagen y su relato en el transcurrir del andar frente a cada tarjeta. Es un misterio porque, alguna, cada tanto, nos invita a una detención más larga. Tal vez sea esa imagen la que se fije en la retina -paso previo a la memoria-, o incluso, a pesar del tamaño, solo sea una parte del todo el que logremos retener. Las demás serán un sustrato de relieves, texturas y colores indispensables para el enraizamiento de aquella.

La necesidad de acercarnos brinda la posibilidad de distinguir el paso del pincel y la espátula como si viéramos la costura de una prenda y esa cercanía nos diese la sensación de que compartimos el secreto de su manufactura.

D: Esta serie tiene similitudes con Locus solus. Una proximidad dada por el tamaño de cada pieza. Sin embargo, enseguida que se establece la relación, esta empieza a alejarse porque los mecanismos de interacción que se ponen en juego son otros.

P: Mientras que la fotografía aún parece indicar o señalar algo del mundo que queremos creer que estuvo ahí al momento de la captura, la pintura es la invención de una idea del mundo condensado en imagen: una invención más allá de términos descriptivos o narrativos o miméticos reconocibles o elocuentes, y es en su construcción material donde la mano está comprometidísima en el resultado. Si bien ambas series comparten una escala aparentemente pequeña, creo que en los dos casos el formato es el único posible y está dado como límite buscado por el soporte de la pintura (tarjetas de crédito) en un caso y por la copia de contacto del negativo 110 en el otro.    

Estas pinturas no juegan con la invisibilidad pero si fuerzan la memoria, esta vez porque  la serie es lo suficientemente extensa y las imágenes bastante variadas para que al salir de la sala, recién vistas, apenas recuerdes una o dos nomas… pero esa pintura que se te metió en la memoria y te llevas con vos, se queda. 

D: Me gustaría que amplíes el concepto de insistencia en esta obra.

P: Pintar es insistir es existir es pintar…  pero no me acuerdo que te había dicho antes al respecto, así que ahora te respondo la primera pregunta: té verde: un litro; naranja: exprimir una; jengibre: una rodaja; cedrón: una ramita; miel: una cuchara; y todo dentro de un termo.

Darío Lipovich, agosto 2022

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Entrevista a Elías Sarquis. Por Silvina Urrizmendi

La cámara poética

En la imagen confío, en la palabra no tanto

Fotografiar es el término correcto, pero sacar fotos quizás describa mejor lo que hace Elías Sarquis (29), autodefinido compositor visual. Sacar fotos implica extraer. Sustraer algo de la realidad inmediata y que ese algo exprese una idea. Hace cuatro años, Elías diseñó un dispositivo que se llama cámara poética y que funciona más o menos así:  la cámara saca una foto, la tecnología reconoce determinados elementos en la imagen, les asigna una palabra a través del uso de un programa de Google y el conjunto de las palabras arma un poema. Dicho de otra manera, el dispositivo traduce una imagen en un texto poético. Pero antes de crear la cámara poética, Elías empezó una carrera, la dejó, sacó fotos con el celular y con diferentes cámaras, las analizó y se autoanalizó. 

¿Cómo nació la cámara poética?

E: La versión corta es que una vez alguien me dijo que mis fotos eran poesía y eso me quedó resonando. Entonces pensé en cómo hacer para convertir las fotos en textos poéticos. La versión larga es que siempre me costó mucho hablar, no me siento cómodo expresando las cosas que siento con palabras. Nunca llegan a expresar exactamente lo que quiero decir, algo que no me pasa con la imagen. En la imagen confío. En ese sentido, la idea fue tomar la tecnología para poder extender una habilidad y llevarla a un territorio que no me es propio, un sitio incómodo. Es liberar a la tecnología para liberarme un poco a mí. 

¿Cómo fue el proceso de confección del dispositivo?

E: Si bien tenía ciertos conocimientos previos, tuve que aprender muchas cosas para armar el dispositivo y que funcione. Estuve un año entero dedicado prácticamente solo a eso, casi sin sacar fotos. Hubo algo de intuición, de probar, de ensamblar cosas. Pero tuve que investigar muchísimo. 

¿Pensás que hay un límite en el uso de la tecnología en el arte?

E: Creo que antes que nada hay que diferenciar lo que es la creatividad del uso de la inteligencia como extensión o herramienta. A veces se pueden extender las habilidades propias a través de la tecnología, pero otras veces esa misma tecnología nos limita  porque la usamos demasiado, nos apoyamos en ella. Siempre habrá buenxs artistas que hagan cosas genuinas y que no dependan de la inteligencia artificial para que cree por ellxs. Creo que los límites, en un punto, se van evaporando. Pasa cuando ya no sabés si algo está creado por una persona o por una máquina.  

¿Qué significa exactamente ser un compositor visual?

E: Es concebir la fotografía como un medio y pensar a través del encuadre. Disponer de los elementos dentro de ese encuadre, hacerlos dialogar y crear una composición que tenga un significado.  También me gusta vincular lenguajes, ver hasta qué punto ciertas disciplinas comparten límites y extender las posibilidades. Diría entonces que soy un compositor visual cuyo campo de acción son las artes electrónicas. 

¿Cuándo y por qué empezaste a sacar fotos?

E: En el 2014 estudiaba Ingeniería Civil y no estaba a gusto con la carrera, no me sentía parte de nada. Desmotivado es la palabra clave. Lo único que me hacía bien era sacar fotos con el celular en el trayecto hacia la facultad. En el transporte público, en la calle. Ahí descubrí que tenía algo para decir. Revisaba las imágenes y de repente veía una foto de una chica, en el subte, pintándose las uñas, con una expresión muy particular en la cara. Me parecía que esa fotografía decía algo.

¿Armás la escena o es siempre un registro en clave documental en la calle?

E:  Tomo la realidad como materia prima, no soy de intervenir en la escena, pero sí soy un gran farsante y mentiroso con la edición. Es un poco el valor de la fotografía me parece, tomar algo que está ahí, aislarlo y armar una composición a través del lente, de poder capturar la luz. Se trata de darles valor a ciertas partes de la escena y dejar ciertos elementos afuera, elementos que están en la realidad, pero no en la foto. Entonces, así, se puede cambiar el sentido. Me gusta que las cosas aparezcan como por arte de magia y permitir que fluyan en su curso natural. En el momento de producción acciono puramente de forma instintiva. Veo algo y lo capturo, no pienso porqué. El trabajo intelectual lo hago después en el trabajo de edición. Ahí reconozco las cosas que me obsesionan: la soledad, la velocidad, el amor, el vínculo con los otros. 

¿Tenés alguna fotografía preferida de entre las que hayas sacado?

E: No necesariamente, más bien siempre estoy pensando en las que voy a hacer, en lo que me falta. No puedo apagar el sensor. 

¿Y  de la cámara poética? ¿algún resultado que te haya sorprendido más que otro?

Pasó algo especial cuando usé el dispositivo en el velatorio de Maradona. Era la primera vez que llevaba la cámara poética a un evento de ese tipo, pensaba en una forma de fotoperiodismo. Ahí le saqué una foto a un fanático que tenía un poster de Maradona alzando la copa. Se había cuestionado mucho si se tenía que hacer o no la despedida masiva por la pandemia. En ese contexto, la cámara poética, frente a la foto del fanático, generó la frase: “¿Se puede hacer un evento masivo sin comunidad?”. Creo que hay un poco de magia detrás de eso. 

¿Qué suceso te hubiese gustado fotografiar?

E: La crisis del 2001. Si bien era muy chico, me hubiera gustado documentar esa parte de la historia argentina. No sé qué tipo de imágenes hubiese hecho, en qué me hubiese concentrado. Cómo me hubiese sentido en ese contexto. 

¿Tenés algún objetivo que quisieras alcanzar con la fotografía?

E: Objetivo suena a algo muy definido. Lo que sí tengo es un compromiso con la imagen. Tengo mucho respeto por el medio y un interés por ir más allá del lenguaje, de ir más allá de lo que se ha visto. Sentir que aporté algo. Ser prudente con la producción, no traer más imágenes al mundo que ya se hayan visto o que repitan algo.

Contanos sobre tus influencias 

E: Me influencia mucha gente del medio, pero también las personas que me cruzo cotidianamente. Puedo encontrar inspiración en una verdulería, en la repuesta de una cajera del supermercado, en cómo se mueve mi peluquera cuando me corta el pelo. En fotografía tuve un gran maestro que fue Carlos Bosch, quien me hizo hacer un click, un cambio importante para entender quién soy, algo que todavía sigo buscando. 

Si tuvieses que elegir una palabra para definir tu oficio, ¿cuál sería?

Detener. Siento que todo va muy rápido y no lo puedo asimilar. Entonces la fotografía me permite detener la cosas y poder observarlas. Veo algo y saco una foto a mi tiempo, que es uno muy distinto al del dos mil veintidós. Lo cierto es que me gustaría ver todo en cámara lenta. 

¿Qué hace a unx buenx fotógrafx?

E: Un buen fotógrafo o fotógrafa no es necesariamente quien tiene buenas fotos, sino también quien no muestra las malas. Hay un gran valor en saber elegir.  

¿Cuánto te influye el gusto ajeno a la hora de trabajar?

E: Por ahí antes pensaba más en eso, pero ahora trato de confiar más en mi visión. Pienso que es difícil mantenerse firme cuando estás condicionado, por un lado, por la técnica, dado que cada cámara tiene sus características, y por otro, por las redes de difusión que te imponen sus propios parámetros. Hay que adaptarse a una relación de aspecto, a una duración impuesta, a los algoritmos que hacen que te vean o no. Hoy en día mi principal canal de difusión es Instagram y tengo que diseñar contenido que sea funcional a ese soporte.  

Si tuvieras que elegir entre: + número de seguidores y + limitaciones de formato o -número de seguidores y -limitaciones de formato, ¿cuál elegís? 

E: El tema es que nunca sabés quién está del otro lado, qué fibra personal podés llegar a tocar o qué no. Entonces siempre se habla de casos hipotéticos e ideales. Quizás, más bien, me interesa la gente que no puede entender las fotos. Las personas que están alejadas de la fotografía.  Pero sí pienso en el fenómeno de otras imágenes condicionando la lectura de una foto. Por ejemplo, una persona llega a mi Instagram, pero antes de ver mi historia ve una publicidad de un sillón rojo sobre un fondo blanco. Todo eso condiciona la forma en que va a ver mi foto después. La cámara poética, en un punto, lucha contra eso. Sí, usa tecnología de Google y se apoya en otras cosas, pero lo importante es que las limitaciones se las pongo yo y no el afuera. 

Silvina Urrizmendi, agosto del 2022

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