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El plan cultural de la democracia. Por Carlos Godoy

Fogwill no podía explicarse cómo fue que su mujer se había enterado de la gitana. Recordaba haber hecho todo bien. Los milicos decían que era un tipo “muy de la mente”, en referencia a su capacidad sobrenatural para planear y realizar las cosas de un modo científicamente exacto. 

Mantenía una relación con una gitana veinte años menor que se había ofrecido, en una esquina de la Diagonal Norte, a leerle las manos a cambio de unas monedas. Fogwill caminaba con un maletín en la mano, cuando la muchacha lo interceptó. Apoyó el maletín en la vereda, se metió la mano en el bolsillo y le extendió el puño cerrado, que después giró y abrió. Tenía unas monedas en la palma. La gitana quiso agarrarlas, pero Fogwill –con un movimiento rápido– esquivó sus dedos y le acomodó las tres monedas en el escote. Dos horas más tarde, después de una pizza y dos cervezas, estaban en un albergue transitorio de la zona. 

La gitana nunca pudo leerle las manos, pese a que Fogwill le daba dinero cada vez que se veían. Siempre que ella insistía, él le decía: “la semana que viene”, o “mirá si descubrís que me estoy muriendo”. Frecuentaban un albergue “transitivo” –como le gustaba decir a Fogwill– que quedaba a dos cuadras de su trabajo. Se lo había recomendado uno de los milicos, un teniente que después mandaron a las islas. 

Fogwill se despidió de sus hijos diciéndoles que viajaba a Chile por trabajo. Pero la verdad era que había decidido instalarse por un tiempo en el estudio del edificio en el que vivía su madre. Alquilaba un monoambiente en el piso diez para estar tan cerca de ella como el cáncer y la vejez de la mujer se lo permitiesen. Allí tenía todo: la máquina de escribir, libros, una luger 9mm y un sillón medio viejo que se podía hacer cama. Aprovechó que su mujer se estaba bañando; juntó un par de camisas y pantalones lo más rápido que pudo y los metió hechos un bollo en un bolso. Antes de salir se acercó a la puerta del baño para saludarla, escuchó que lloraba y prefirió irse sin decir nada. 

En la calle tomó un taxi hacia el edificio de su madre, en el camino pasó por lo del Cubano. El Cubano le fiaba cocaína. Le daba lo que Fogwill le pedía. Pero un tiempo después, ambos se sentaban, veían a cuánto había ascendido la deuda y cómo podía saldarla. El sistema le funcionaba a ambos. 

–¿Quién es? –El culo negro de tu hermana –respondió Fogwill. 

El Cubano abrió la puerta. Era un departamento de dos ambientes en el que siempre había gente y olía a sahumerios. 

–¿Cómo estás, Quiquito? –Las personas que lo conocían desde hacía mucho tiempo lo llamaban Quique, pero el Cubano siempre le decía Quiquito. 

–Como el culo negro de tu hermana. Dale, Cubano, tengo el taxi abajo. 

–Bueno, bueno, ¿barato o caro? 

–Caro. 

–¿Una, dos…? 

–Dos. 

–Si te llevás cuatro, después arreglamos por tres. 

–Dame cuatro. 

De nuevo en el taxi pensó que probablemente su madre estaría dormida o viendo televisión en la cama. Pasaría por la heladera y subiría a continuar con su novela. Calculó que, con lo que le había dado el Cubano, en dos o tres noches –después de la oficina– podría terminarla. La novela se llamaba “Amor a Roma” y era sobre unos italianos que pertenecían a una agrupación secreta dedicada a buscar en libros esotéricos llamados en clave a la realización de actos terroristas. Fogwill quería poner a prueba en su narración una serie de teorías que le había contado su padre sobre los italianos y su deficiente capacidad organizativa. 

Se bajó del taxi y entró al quiosco de la planta baja del edificio. 

–¡Quique querido! –le dijo el quiosquero. 

–Tranquilo, tranquilo que estoy con un incendio. 18 

–¡Eh! ¿Qué pasó, Quique? 

–Nada, lo de siempre. Me volvió a echar. Dame una caja de Jockey y uno de estos alfajores. Son nuevos, ¿no? Después te los pago. 

Se paró en el quinto piso frente a la puerta del departamento de su madre, pero decidió no entrar. Pensó que como no le había avisado que pasaba, seguramente la despertaría o, lo que era peor, si estaba despierta iba a asustarla. Volvió sobre sus pasos hacia el ascensor y subió hasta el piso diez, donde estaba su monoambiente. 

Encendió las luces, dejó el bolso sobre el sillón y prendió un pucho. Le llamó la atención que ese fuera su primer pucho en más de cinco o seis horas. 

–Eeeeeeeeeeeeeeeeehhhh. Oooooooooohhhhh –vocalizó Fogwill. Era una manía que le había quedado de cuando formaba parte del coro en la escuela primaria. 

–Eeeeeeeeeeeeeeeeehhhh –vocalizaba buscando una nota. Cuando la encontraba volvía a lo suyo. Y lo suyo en ese momento era preparase para escribir. 

Para Fogwill escribir era pensar, porque hablar también era pensar. Y con la cocaína era como si hablara sin parar pero escribiendo. Para Fogwill, escribir era lo más parecido a navegar. De chico solía navegar en pequeñas embarcaciones. Primero lo llevaba su padre, pero después empezó a salir solo. La exposición al sol que refractaba el Río de la Plata le había arruinado la piel. Se le había vuelto cada vez más y más fotosensible. Ya casi ni usaba mangas cortas en verano y de la nada la piel se le resecaba y cuarteaba.

Apagó el cigarrillo y sacó del bolso lo que le había dado el Cubano. Eran cuatro ampollas de vidrio, como en las que vienen los remedios inyectables, gordas como unos tubos de ensayo y largas como dos falanges, rellenas de un polvo blancuzco con pintitas rosas. Fogwill levantó una de las ampollas y la miró a contraluz de una lámpara de pie:

–¿Cómo mierda hace el Cubano hijo de puta para sellar los tubitos? –se preguntó.

Finalmente rompió, primero con los dientes y luego con las uñas, el cierre hermético de aluminio que envolvía la boca de la ampolla, antes de volcar su contenido en un plato hondo, se aseguró que estuviera limpio y le pasó un suéter que encontró en el piso.

Prendió otro cigarrillo y se sentó frente a la máquina de escribir. Era una Remington que le recordaba a la primera máquina que había tenido cuando era estudiante. Se la robó a un publicista uruguayo que la había olvidado en la oficina. Nunca la reclamó. Tenía otra más moderna, una eléctrica; pero prefirió usar la del uruguayo, pensando que quizás con esa podía sacarse de encima la mala racha. Fogwill quería terminar esa novela para probarse que todavía podía escribir. Desde que había salido de la cárcel –lo habían acusado de fraude–, hacía menos de dos años, tenía dificultades para avanzar en la escritura. Como los guardiacárceles tenían prohibido darle lápiz y papel, había aprendido a escribir con la mente. Se abstraía e imaginaba que les dictaba mentalmente a las personas lo que les quería decir. Ese mecanismo, desde que le habían dado la libertad le impedía escribir con fluidez, con decisión. 

Fogwill se paró. Recordó que tenía una silla nueva que le había regalado Granillo Fernández, un milico de la oficina que meditaba. Había viajado a China y había vuelto con ideas extrañas sobre la energía y el cuerpo. Le pareció que era el momento indicado para estrenarla, entre la Remington y la silla de bambú plegable y sin respaldar, seguramente se le iría la mala racha. Según Granillo Fernández, una silla sin respaldar era mejor para escribir porque hacía que la espalda se sostuviera por equilibrio. Fogwill la armó, la miró y dijo: 

–Granillo Fernández, sos un pelotudo. 

Antes de probarla, fue hasta el sofá donde había dejado su saco y buscó en los bolsillos su billetera. Cuando la encontró, sacó de entre los billetes uno de un dólar. Estaba arrugado y maltrecho. Lo apoyó sobre el escritorio y le pasó la palma de la mano varias veces planchándolo. Después lo tomó con la punta de los dedos y le dio unos tirones. Al final lo enrolló pacientemente y se acercó al plato. Aspiró primero por un orificio de la nariz y después por el otro. 

–¡La concha del pato! –gritó. 

§

La droga le endureció la mandíbula en cuestión de segundos. Sentía en las encías la profundidad a la que se enterraban las raíces de sus dientes. Luego de varios años de consumidor, no le costaba mucho reconocer cuál servía para escribir y cuál no. 

Releyó las páginas anteriores de su novela y se llenó de dudas. No solo de todo lo que había escrito, que eran unas cien páginas, sino que dudaba hasta del título. “Amor a Roma”. “A-mor-a-Ro-ma”. 

¿No era un poco estúpido usar un palíndromo en un título? Está bien, la novela se desarrollaba en Roma y los personajes eran patriotas, pero ¿la palabra “amor” en un título? ¿Cómo se traduciría el juego de palabras al inglés?, ¿al alemán?, ¿al francés? ¿Qué pensaría el lector frente a la tapa de ese libro? ¿Qué lector se sentiría seducido? ¿Viejas? ¿La literatura –todos: críticos, autores, imprentas, editoriales, periodistas– se sostenía gracias a la figura de la mujer menopáusica con tiempo libre, que leía en vez de mirar telenovelas? 

Como fuera, la cocaína no lo estaba ayudando a vencer la mala racha y empezaba a angustiarse. Por las dudas, se acercó al plato y aspiró por los dos orificios nasales otra vez. 

Por el ventiluz del baño empezaba a filtrarse una pequeña línea de claridad. Fogwill ya se había terminado el plato. Sabía –no lo había olvidado en toda la noche– que tenía una reunión importante con los milicos. Tenían que reprogramar campañas con clientes pesados. Los milicos estaban exaltados. La guerra los volvía unos perros alzados, en celo. 

–Imaginate –le había dicho a un amigo por teléfono–. Es como tener el escritorio de laburo en medio del vestuario de un club de fútbol al que acaban de llegar todos los jugadores en el entretiempo. 

Había escrito solo una página. Tímidos giros con diálogos impostados y no muy reveladores. Los personajes se limitaban a pasar el tiempo esperando algún vuelco en la narración.

Las manos le empezaron a temblar, sus dientes no paraban de morder, sus pupilas estaban ultra dilatadas. Decidió acostarse un rato –pese a que sabía que le iba ser imposible dormir– con la idea de llegar lo más fresco posible a la reunión. Se tiró vestido y se fumó un pucho. Lo apagó, cruzó los dedos a la altura del abdomen y en el techo divisó unas figuras fluorescentes. Fogwill no podía decidir si se trataba de algún efecto de la droga o si su mente se estaba sumergiendo en un mundo onírico. Las figuras eran como un humito que bailaba y que, de repente, adquiría la forma de un velero, después la de una novia de su infancia, luego la de su padre en cueros izando una vela, la de su abuela inglesa mirando por una ventana, y así. Hasta que se despertó y vio que ya habían pasado tres horas de la pautada para la reunión. 

En la oficina lo recibió el coronel Titino Fábregas. 

–No vino a la reunión –le dijo–. ¿Qué anda pasando con usted? Vaya, que lo espera el Capitán. 

Titino Fábregas era un milico que no podía escapar del alcohol. Después de más de quince años en la Armada, habían decidido mandarlo a las oficinas de administración para que pudiera andar borracho sin ocasionar tantos problemas, o que al menos no fueran tan graves. Titino Fábregas era un tipo sin preocupaciones, nada le caía bien ni mal. En una oportunidad, Fogwill le había preguntado: 

–Coronel, si odia tanto a los ingleses, ¿por qué toma whisky todo el día? 

Y el Coronel le había respondido: 

–Pa’ mearlo. 

El Capitán Lomas era, en cambio, un tipo estresado. La guerra ya era en sí misma un tema que podía estresar a cualquier mando de las Fuerzas Armadas, pero el Capitán Lomas veía en cada mínimo desacierto una tragedia irremediable. 

–¿Qué mierda hace, Fogwill? ¿Quién mierda se cree que es? –le preguntó Lomas–. ¿A dónde mierda piensa que vamos a llegar así? Tuve que decirles un montón de huevadas a unos boludos con carpetitas porque usted no estaba para decir las boludeces que dice siempre, que es para lo que le pagamos y lo sacamos del calabozo. Póngase ya mismo a terminar todos estos papeles de mierda. Que no entiendo un carajo cómo mierda se rellenan. 

Fogwill pensaba decir que uno de sus hijos estaba enfermo, pero eso era lo que había dicho la semana anterior, así que pensaba directamente contar que su mujer lo había echado de su casa y que había tenido que dormir en un hotelucho. En el que, además, le habían robado. Pero no fue necesario. Levantó los papeles que Lomas le había pedido que completara, fue hacia su despacho y puso llave. Volvió a admirar la perfección del sellado de las cápsulas que le había fiado el Cubano. Le enterró los dientes y luego, con la uña del pulgar, bordeó la boca del tubo hasta que lo destapó. Espolvoreó su contenido sobre la tapa de un libro. Buscó su billetera, sacó su cédula de identidad y peinó el polvo hasta armar dos pequeñas cordilleritas. Con el dólar maltrecho enrollado las aspiró de un saque, y mientras se dejaba caer sobre el sillón, gritó: 

–¡La concha del pato! 

§

El papeleo era bastante entretenido. Se trataba de unos estudios de campo, unos sondeos en los que se le preguntaba a la población encuestada qué marcas de las que consumía a diario le generaban más felicidad y por qué. Fogwill tenía que determinar las variables, llenar unos casilleros y dibujar unos gráficos con los resultados finales. Años después, Fogwill diría que esos números anunciaban el retorno de la democracia. 

Cuando terminó con su trabajo rutinario y con las tareas que le habían asignado como castigo a su inasistencia, decidió volver al monoambiente. Antes de salir llamó por teléfono a su madre para avisarle que pasaría a comer algo porque no había tenido tiempo de almorzar. En la radio del taxi hablaban de la guerra. Un especialista en aviones detallaba la superioridad tecnológica de los Sea Harrier británicos frente a los Mirage III o los Skyhawk argentinos. Explicaba la particularidad de los movimientos de un Sea Harrier en el aire. 

Cuando llegó al departamento de su madre, antes de que él llegara a tocar el timbre ella le abrió la puerta exaltada –solía reconocer el retumbar de los pasos de su hijo por el pasillo– y le dijo: 

–¡Hundimos un barco! 

Fogwill no entendió a qué se refería hasta que notó la televisión encendida con el noticiero. Le pidió que fuera sirviendo la comida. Él iría a lavarse las manos. Entró al baño, puso llave y sacó del bolsillo del pantalón la ampolla de vidrio. Dio unos toquecitos sobre la bacha, armó el canuto de un dólar, aspiró y se lavó la cara. Mientras veía su mirada andrajosa y tensa en el espejo, pensó en su madre, en el barco hundido, en la guerra, en las encuestas, en el servicio militar, en la cárcel, en los veleros, en su padre. Después salió. 

Comieron unas milanesas con ensalada de papa y huevo mientras hacían zapping por los tres canales de noticias. En todos se hablaba del hundimiento del Sheffield. 

Cuando subió al estudio, vació una de las ampollas sin abrir en el plato que tenía sobre el escritorio y tomó unas rayas con su dólar prolijamente enrollado. Se trepó a la silla nueva que le había regalado Granillo Fernández– y tipeó, en la página que había escrito la noche anterior: “Hoy mamá hundió un barco”. Le gustaba cómo sonaba, aunque no entendía del todo qué quería decir. Sintió que tenía que hablar sobre la guerra. Su novela podría tener un capítulo destinado a la descripción de una batalla. Pero en realidad, después de pensarlo bien unos minutos, se dio cuenta de que no quería escribir sobre la guerra. Sacó esa hoja de la máquina, puso una nueva y escribió una serie de anécdotas que había protagonizado en la oficina con los milicos. En una contó que iba en un taxi con su jefe, el Capitán Lomas, y al pasar por Constitución Fogwill le dijo: “Qué buena arquitectura”, refiriéndose a la autopista, a lo que Lomas respondió: “Sí, es maravillosa”. “¿Sabe dónde están los planos?”. “No”. “Ah, le aviso que están en Inglaterra; están asegurados en el Banco Lloyds. Ellos la pueden hacer mierda en un minuto y ustedes no saben dónde carajo están los caños”. Casi todas las anécdotas eran así, graciosas, pero, para Fogwill, no del todo interesantes. Hizo una línea de asteriscos y empezó a transcribir lo que recordaba de la descripción que había escuchado en el taxi sobre cómo volaban los Sea Harrier. Flotaban. Lanzaban misiles teledirigidos. Eso le pareció que estaba mejor. Le gustó. Para alentarse tomó dos rayas más. En ese ímpetu por sentirse bien, se dio cuenta de que la silla ergonómica era realmente cómoda. Pensó que podría quedarse toda la noche en esa posición. 

Siguió escribiendo. Sabía que había abandonado “Amor a Roma” y que estaba en un nuevo proyecto. 

Hizo una segunda línea de asteriscos e imaginó diálogos delirantes entre un grupo de colimbas tucumanos y unos altos mandos británicos, sin traductores. También eran graciosos, pero había algo más: a Fogwill le gustaba que fueran tucumanos. Cada vez que leía algo o alguien nombraba alguna provincia del norte, recordaba a los hermanos catamarqueños que habían estado presos con él. Los habían confundido con prófugos, y por las noches lloraban diciendo que nunca volverían a ver a sus padres. Una de esas noches el hermano menor le dijo al mayor que se moría por comer un “pichiciego”. Era la primera vez que Fogwill escuchaba nombrar ese animal. Por el sonido imaginó un tipo de ave autóctona, pero después, cuando salió de la cárcel, averiguó que se trataba de un armadillo al que también le decían “mulita” o “pichi” o “quirquincho”, según la zona. En la cárcel la mayoría eran provincianos y de lo que más se hablaba era de la familia y de culear. Fogwill pensó que podría abordar la guerra hablando de los presos. Le pareció una buena idea, pero las ganas de mear ya no lo dejaban pensar. Como se sentía demasiado cómodo en su posición, agarró una botella de Coca-Cola vacía que tenía en el escritorio y meó ahí. La dejó apoyada donde estaba. Abrió el cajón del escritorio, sacó una birome y en una hoja en blanco escribió: “Los Reyes Magos”. Dibujó tres flechas hacia abajo. En la punta de una escribió “Viterbo”; en la de al lado, “Turco”, y en la siguiente “Ingeniero”. Pensó un momento con la birome en la boca; después dibujó una flecha más y en la punta escribió “Quiquito”. 

§

Decidió que el comienzo sería una descripción de la nieve. La gran decepción que era para un norteño argentino conocer la nieve durante una guerra. Imaginó a los presos, con su acento provinciano y su moral insubordinada, viviendo en una trinchera alejada y oculta, esperando que la guerra terminara. Los “presos” se transformaron en “colimbas” y después en “pichis” porque eran una comunidad de desertores autodenominada “Pichiciegos”. Escribió en una hoja, con letras grandes: EL PICHI GUARDA, AGRANDA, AGUANTA. Y la pegó con cinta sobre la lámpara de su escritorio. 

Fogwill sentía que lo que tipeaba se escribía solo. Las páginas entraban y salían. Cada vez que completaba una página, tomaba cocaína del plato como un perro que recibe un premio por una buena tarea. Por el baño entraba una línea de luz y Fogwill ya tenía veinte páginas escritas. 

Para no volver a llegar tarde al trabajo, decidió no dormir. Bajó hasta el departamento de su madre, calculando que ya estaría despierta. Tomaron un café con tostadas mirando canales de noticias. Un periodista decía que entre las tropas británicas había varios tipos de mercenarios y que los más temidos eran los gurkhas, unos nepaleses que solo servían para hacer la guerra y tenían cuchillos especialmente diseñados para degollar. Después mostraron imágenes de un cuchillo que parecía un boomerang. 

§

Llevó las veinte hojas escritas a la oficina y le pidió a las dos mecanógrafas de la agencia que le hicieran corrección de estilo y las retipearan a doble espacio para poder hacer marcas con birome entrelíneas. Cuando salió de la oficina, pasó por lo del Cubano y se llevó fiadas cuatro más de las caras. 

–Escuchame Cubano culo sucio: ¿Cómo sellás los tubitos? ¿Tenés una máquina? 

–Secreto profesional Quiquito. 

–Andá a cagar Cubano– le respondió desde la puerta.

–¡Se te ve espléndido, Quiquito! –le gritó el Cubano. 

Al llegar al edificio fue directo a su estudio, sin pasar por lo de su madre, y escribió. Toda la noche escribió, tomó cocaína y meó en botellas de Coca-Cola, que se amontonaban amarillentas sobre el escritorio. La musiquita y los personajes hacían todo. 

Al día siguiente se despertó sin entender dónde estaba. No entendía si era el Fogwill adulto o el Fogwill niño que había sido una vez. Lentamente fue reconstruyendo: había dormido cerca de catorce horas, pero no recordaba haber escrito todas las páginas que había sobre su escritorio. Las leyó por arriba y le parecieron buenas. Fogwill quería terminar la novela –o lo que fuera que estaba escribiendo– y publicarla lo más pronto posible. Inmediatamente. Quería que su libro se exhibiera en las librerías antes de que terminara la guerra. Se había impuesto ese desafío. Por eso, ni bien terminaba una página, fuera la hora que fuera, la enviaba por fax a las mecanógrafas, que la devolvían en cuestión de horas, a doble espacio y corregidas. 

Mientras describía una escena en la que un pichi descubre un arco iris sobre la montaña y lo contempla fumando un 555, tuvo que parar porque no aguantaba más las ganas de mear. Agarró una botella que estaba por la mitad, sacó el pito y lo acomodó sobre el pico. Había que tener cuidado de dejar un poco de aire, porque si tapaba todo el pico con el pito, la botella hacía vacío y se meaba las manos y el pantalón. Mientras meaba apareció el hilito de luz. Pero esta vez no venía del baño. Cuando levantó la vista, vio una imagen de la Virgen María que flotaba en el aire. Apoyó la botella. Volvió a mirar y ya no estaba. Se puso de pie, elongó las piernas y dio un par de vueltas alrededor del escritorio. Agarró el dólar enrollado y tomó dos rayas más. Se puso a revisar el manuscrito y decidió agregar en los primeros capítulos la aparición fantasmagórica de unas monjas francesas que –se rumoreaba– los milicos se habían chupado. 

Cuando Fogwill terminó la novela, fotocopió catorce ejemplares del manuscrito y los repartió entre colegas escritores, periodistas, editores y poetas. Pero no consiguió que se lo publicaran sino hasta más de un año después de que hubiera terminado la guerra.

Fogwill nunca pisó las Islas Malvinas –el lugar donde se desarrolló la guerra de la que habla su libro–, pese a que, como su abuelo era un marinero que había navegado las islas del Atlántico Sur, él siempre había querido hacerlo. Cada vez que le preguntaban por su “libro sobre la guerra”, él respondía que no era un libro sobre la guerra, que era un libro sobre él mismo, sus problemas, sus tormentos y sobre el plan cultural de la democracia que en ese momento se estaba negociando.

manuel canton

Daniel Tedesco – Manuel Cantón

Dicen que encaneció de la noche a la mañana, a los veinticinco años, mientras dormía en el calabozo de la comisaría cuatro de Barracas; dicen que tiene un tatuaje de Ronald McDonald en la pantorrilla; dicen que vendía LSD en las fiestas del Di Tella y cocaína en las fiestas del Parakultural; dicen que pasó una temporada en Sierra Chica y otra en el Borda, y que escapó haciéndose pasar por médico; dicen que murió de sobredosis, de SIDA, de hambre, de aburrimiento; dicen que se puso un tiro en la noche de su cumpleaños setenta y cinco, justo después de soplar las velitas, y que sus sesos salpicaron una torta de ricota; dicen que se llamaba Daniel Tedesco, pero que en realidad todos lo conocían por el nombre que se dio a sí mismo: Dante. 

Él, en cambio, dice otra cosa. 

 

—Cada tanto aparece alguien por acá, un pendejo como vos, y me pide que escriba un libro. Pero yo no lo voy a hacer nunca. 

Daniel Tedesco tiene: el pelo blanco, los dientes negros, la tonada norteña. Es un hombre delgado y pequeño, con los brazos firmes y bronceados; aparenta cualquier edad entre los sesenta y los ochenta años. Salvo los ojos. Tedesco tiene la mirada de un joven depredador.

—¿Por qué?

—Fácil: porque nadie lo leería. ¿O vos te creés que a alguien le importa lo que yo tenga para decir?

Entonces limpia la mesa con el dorso de la mano. No le gusta la mugre: su casa está limpia como la celda de un monje estelar. 

—Igual, no te creas todas las boludeces que andan circulando sobre mí —dice—. A la gente le gusta inventar, son todos unos hijos de puta. Yo habré hecho algún que otro numerito, pero nunca me tatuaría un payaso. Les tengo fobia.

—¿Y lo demás?

—¿Qué es lo demás?

 

“Todo gran movimiento artístico tiene un artista sin obra —dice Ricardo Piglia en su conferencia “Tres tesis sobre Macedonio Fernández”—. Y ese artista es, con frecuencia, el mejor de todos, el más revolucionario. Practica un vanguardismo tan extremo que no puede ser sistematizado en un texto, pero que de todas formas existe en algún lugar entre la oralidad y la performance. La figura fue inaugurada por Sócrates, pero probablemente el ejemplo más claro sea Neal Cassady, el beat definitivo, protagonista de On the road e inspiración para Howl: un artista fundamental que jamás escribió nada que valiera la pena. En ese sentido, para los escritores argentinos del cuarenta, no hay duda de que Macedonio Fernández cumplió ese rol; Museo de la Novela de la Eterna es, como toda publicación póstuma, poco más que un accidente, un obstáculo a la hora de entender realmente su obra. Por supuesto, también tenemos encarnaciones más recientes. Para mi generación, nacida precisamente en la década del cuarenta, esa figura fue Daniel Tedesco, Dante”.

 

Tedesco masca chicle. Todo el día, a toda hora, Daniel Tedesco —criminal, performer, cineasta, poeta, no necesariamente en ese orden— masca chicle. Muestra, entre mordida y mordida, sus encías rojas y sus dientes negros. Lo hace con descuido y con un poco de ostentación.

En la mesada impoluta de la cocina de su casa, sobre una tabla de cortar, hay un frasco de vidrio oscuro con una tapa de corcho. Adentro: tres puñados de Bubbaloo de frutilla. 

—Empecé en el dos mil, dos mil uno. Era la única forma de dejar la merca. Al principio los compraba al por mayor, en un supermercado de Once: un changuito lleno de cajas de Bubbaloo de frutilla. Después me fui calmando. La gente cree que tengo los dientes así por culpa de la droga. Mentira: son los chicles.

A Tedesco no se le escapa la ironía. Mientras ofrece una sonrisa virulenta, recuerda su primer momento de fama, hace más de sesenta años: la época en que fue un chico en el banquillo de Odol Pregunta, el programa de televisión conducido por Cacho Fontana. 

—Me anotó mi abuela, que estaba convencida, como todas las abuelas, de que su nieto era superdotado. Categoría: estudios bíblicos. 

Tedesco explica que se crió en una familia tucumana muy tradicional, obsesivamente católica, y que en esa época estaba preparando la confirmación. Leía la Biblia todo el día, a toda hora. Se la sabía casi de memoria. 

—Esto fue en el sesenta, algo así. Pre VHS, por eso no tengo registro. Si encontrás algo me avisás, ¿no, chiquito? Creo que me gustaría verlo.

Eso llama la atención sobre Tedesco. Pide sin alegatos y sin ruegos, con dosis iguales de violencia y cariño; pide mirando a los ojos, con la barbilla alta, la voz cascada y el pelo revuelto. Cuando pide de esa forma, no importa lo que sea, uno tiene ganas de cumplir. 

 

—¿Daniel? Un loco. Pero no un loco lindo, para nada. Loco loco. Salió un tiempo con mi hermana cuando tenían quince, dieciséis años. Él pasaba mucho tiempo en casa porque su familia lo había echado; cómo llegó a Buenos Aires, no tengo idea. Tampoco sé qué hacía cuando no estaba en casa. Dormiría en lo de algún amigo, en la calle quizás. Trabajaba en un puesto de diario, así que quizás lo dejaban dormir ahí mismo. 

—¿Qué pasó con su hermana?

—Ella estaba muy enamorada de él, pero lo tuvo que dejar después de que Daniel se robara el perro de papá. Fue muy grave eso, en mi casa fue como si estallara la guerra. 

—¿Qué tipo de perro era?

—No sé, uno callejero. ¿Importa? Se llamaba Sabroso. No te voy a mentir: mi viejo lo trataba muy mal. Me acuerdo de que el perro veía una alpargata y se ponía a temblar. Pero eso no es excusa para nada. Ojo, esto te lo digo en confianza. No quiero que mi nombre salga en ningún lado, ¿está claro?

 

“Darío Taboada era un hombre sin miedo. Hablaba sin miedo, caminaba sin miedo, se reía sin miedo. Era su única virtud, pero alcanzaba para que nosotros le copiáramos hasta la forma de escupir. El Formoseño, que siempre nos envidió un poco, se burlaba diciendo que Darío era el Gran Khan, nuestro caudillo mogol. A nosotros nos decía los barbaritos. 

—¿Qué me trajiste hoy, barbarito? —decía, cada vez que llegábamos al taller. 

La respuesta variaba. Relojes suizos, parlantes alemanes, cámaras japonesas. Darío mandaba y nosotros arrasábamos. Después contaba la plata. Éramos felices con las migajas, porque era Darío, y ningún otro, quién nos las había obsequiado”. Jorge Cavalieri, “El asedio”, Una piedra en el zapato, Editorial Sudamericana. 

 

La casa de Tedesco tiene un gallinero en el fondo. Es una construcción casera de barro, madera, chapa y alambre; guarda cinco gallinas panzonas y un gallo con el pecho inflado. Adentro los días son crudos. Hace frío cuando hace frío y calor cuando hace calor. 

Las gallinas se acercan cuando nos ven venir. Tedesco les lanza comida desde el otro lado del alambrado. 

—¿Vos estuviste preso alguna vez? —pregunta de golpe.

—No. 

—Lo mal que hacés. Entonces solo conociste la mitad del mundo: la mitad derecha. Para mí Sierra Chica fue una revelación. 

Tedesco abre la puerta y me indica que espere del otro lado. Lo veo buscar entre los ponederos, lento, serio y preciso como los ancianos que no se resignan. No está en edad de hacer movimientos súbitos, entonces se ve obligado a reemplazar la velocidad por intención. Sus manos huesudas manejan el alambre, la chapa y la madera con la prestancia de un artista marcial. 

Vuelve con dos huevos marrones, más bien chicos. 

—¿Qué hay en la mitad izquierda del mundo?

Tedesco no duda. 

—Un incendio. 

 

Juan Zavala es director de cine. Se especializa en videoarte, un género con el que ganó muchos premios, incluyendo el Berlin Art Prize y la Bienal de Seúl. “Sin nunca llenar una sala”, aclara, con un tono que queda en el punto justo entre la modestia y la coquetería. Vive en un departamento cómodo y funcional de Coghlan, rodeado de libros y cintas, cerca de la estación de tren; asegura haber sido, durante su juventud, muy hermoso. No es difícil de creer: Zavala mide casi dos metros y conserva, incluso a los sesenta y dos años, los ojos almendrados de un gato y las espaldas anchas de un nadador. 

Además, a fines de la década del setenta, Zavala fue pareja de Daniel Tedesco. Tenía diecisiete años; Tedesco, treinta y dos. 

—Fue la mejor época de mi vida y la peor época de mi vida. ¿Me explico?

Zavala siente que no se explica. Entonces no cuenta: enumera. 

—Él acababa de salir de la cárcel, entonces quería hacer todo, todo lo que no había podido. Vivía veinticinco, veintiséis horas al día. Una vez me despertó en mitad de la noche para ir a Lobos, en un Torino robado, a ver una lluvia de meteoritos. Otra vez me prendió fuego dos rollos de la película que estaba rodando (bah, película: te imaginarás lo que podía ser) porque creía que estaba enamorado del protagonista. Tenía razón, por supuesto. Otra vez me armó una búsqueda del tesoro por toda la ciudad; no había un motivo particular, solo tenía ganas. El premio era una foto del Che Guevara autografiada por Borges. Al principio iba a ser una de Evita, pero después le pareció cruel aprovecharse así de un viejito ciego. 

Zavala no se detiene. Para ayudarse en el recuerdo, recoge un álbum de fotos de una de sus estanterías. Como gran parte de los objetos de la casa, ese artículo pertenece a otra época: Zavala tiene hábitos de coleccionista. Sin demasiado escándalo admite que le obsesiona la idea del registro. Si fuera por él, dice, lo filmaría todo. 

—También tengo videos de Dani haciendo sus numeritos —dice—. Tendría que buscarlos, porque contarlos no tiene sentido. Contar a Dani es imposible, te perdés la mitad de la joda; filmarlo también, pero está un poco más cerca. Todavía me acuerdo lo que nos reímos cuando fue a la tele diciendo que era hijo de Gardel. Las fechas no daban ni a palos, pero le creyeron igual. Una cosa única. 

Zavala pasa las páginas del álbum sin detenerse a mirar. Sus manos inmensas cubren las fotos casi por completo; se mueven con elegancia y también con algo de sospecha. Finalmente dice:

—Cuando se fue, yo sentí alivio. Por un lado, porque sabía que Dani no iba a durar mucho acá. Entonces estaban los milicos; Dani llenaba demasiados casilleros. Me alivié por él. Pero no te voy a mentir: también por mí. No era fácil vivir a esa velocidad. 

Entonces Zavala cierra el álbum. Lo hace despacio, con el cariño minucioso de los nostálgicos. Y suspira. 

 

“En algunos artistas, la genialidad es casi indistinguible de la estupidez o la locura. Ambas consisten —desde una perspectiva estrictamente formal— en discontinuar lo existente; en introducir una nueva variante en la cadena de montaje. El error, tanto en el arte como en las estampillas, puede ser tan valioso como el acierto, y la obsesión tan útil como la reflexión. Vivian Maier, Robert Walser y Federico Peralta Ramos no son menos artistas que Warhol o Borges, aunque los muevan motivos muy distintos. Después de todo, los motivos son inescrutables para todos salvo para el autor (e incluso a veces para él mismo)”. Sonia Kovetic, “Dos palabras sobre el artista llamado Dante”, Revista Trapalanda, 2003. 

 

Desde fines de los setenta hasta mediados de los ochenta, Tedesco fue nómade. Abandonó la Argentina en 1978, harto del clima opresivo de la última dictadura militar, y volvió recién en 1985. Esos siete años son un período definido en su vida, al punto que merecen un nombre propio: el desierto. 

—En esa época yo vivía en el desierto neoyorquino —dice Tedesco, y no agrega más. 

Hay pocos registros de esa época. Prácticamente lo único que sabemos es que, en el ochenta y dos, Tedesco vivía en París. Sabemos esto porque en ese año un pequeño incidente judicial trascendió su opacidad de exiliado. Durante una exhibición llamada Eaux publiques, en el flamante Museo Pompidou, Tedesco vandalizó una de las dieciséis reproducciones de la fuente de Duchamp que se exponían en la sala principal. Quizás predeciblemente, el vandalismo consistió en mearle encima. 

Tedesco pasó un par de noches en la cárcel y después fue liberado. 

—Tuvo suerte —dice Laura Diamanti, asesora legal de la embajada argentina en París durante 1982—. Él decía que había sido un numerito, una especie de performance, pero eso no se sostenía por ningún lado. ¿Qué clase de artista no tiene nada para mostrar, ninguna beca, ni siquiera una participación en una muestra roñosa de San Telmo? Era totalmente inverosímil. Tuvo suerte porque el museo estaba muy preocupado por evitar la publicidad, tenían miedo de que terminara inspirando a otros vándalos. Arreglaron todo con una multa y una orden de restricción.

Diamanti es una mujer mayor con ojos chispeantes y despiertos; tiene el pelo largo, teñido y tirante. Mira con suspicacia y un poco de sorna, como quien trata de adivinar el truco del mago. 

—Si te digo la verdad, me sorprende que Tedesco siga vivo —dice, mientras arregla con coquetería su pelo rubio. Después agrega—: Supongo que es el tipo de hombre que muere joven o no muere nunca. 

 

Zavala por WhatsApp:

Me acordé de algo. ¿Vos sabés por qué Dani se fue de Buenos Aires?

No. Creí que nadie sabía. 

Es verdad, casi nadie sabe. Y yo no te lo voy a contar, no puedo traicionarlo así. Pero fijate si él te dice. Lo más probable es que te mienta, pero yo te puedo dar la confirmación. 

 

“A fines de la década del ochenta, quizás el peor error que podía cometer una joven de buena familia como yo —exponente consumada de lo que Silvia Marchetti llama ‘la triple b’: burguesa, bilingüe, boluda—, era conocer a Daniel Tedesco; y aún peor que conocerlo era frecuentarlo, formar parte de ese extraño cenáculo narcótico que solía reunirse en La Academia, el bar de mala muerte donde Tedesco tenía su mesa fija, justo debajo de un retrato de Gardel. Ahí recibía a su pequeña corte de aduladores, una docena de muchachos —todos hombres— sedientos de cerveza y de autoafirmación, artistas displicentes que nunca se cansaban de hablar de sí mismos, entre los que yo era —quizás por presión de minoría— la peor y la más ruidosa. Tedesco escuchaba, cada tanto peinaba una línea, y muy de vez en cuando —no debía ocurrir ni siquiera todas las noches— hablaba en voz alta; pero cuando hablaba todos escuchábamos, como cuando un imán recita de memoria los versos de Mahoma. Hoy pienso en sus palabras y me doy cuenta de que no son, o no parecen, tan geniales como eran o nos parecían, pero yo quiero creer que, jóvenes y desencantados como éramos, esto se debe a que a las palabras les falta algo muy importante: la voz de Tedesco, el cuerpo de Tedesco, la mirada luminosa de Tedesco, que le daban una sustancia que ninguna otra cosa en el mundo podía imitar. En esos momentos, mientras hablaba, todos lo amábamos con locura, y yo especialmente”. Magdalena Aliberti, Memorias de una chica moderna, Tusquets. 

 

Un hombre desconfiado, con voz grave y cejas a la Jack Nicholson, dice:

—¿Tedesco? Ese tiene que estar armando algo. Los tipos como él no cambian. 

 

El pasillo es bajo y angosto, apenas lo suficientemente amplio como para dejar pasar a un adulto. Nos obliga a caminar en fila. Tedesco encabeza la marcha hacia el cuarto del fondo, la única habitación de la casa con la puerta cerrada. Lo demás —no es mucho— puede abarcarse con la mirada desde el living: una cocina comedor, un baño, un cuarto. 

Tedesco abre la puerta. En el cuarto hay: tres bibliotecas de acero repletas de libros comidos por la humedad; una montaña de equipo de filmación obsoleto; una bicicleta sin la rueda delantera; un escritorio con un tablero de dibujo; una bolsa de consorcio abierta llena de huesos delgados y quebradizos; una carabina de bajo calibre; dos motores de motocicleta a medio ensamblar; pilas y pilas de repuestos, partes, piezas y resabios; una bañadera antigua. 

La bañadera está llena hasta la mitad con una pasta gomosa y rosada. 

—Desde hace un año que estoy guardando los chicles. Después veo qué hago —aclara Tedesco sin darle importancia. 

Dante se recoge los pantalones y, con paso lento, mete su alpargata talle treinta y seis —“pies de princesa”, dice con una sonrisa insidiosa— entre los despojos que cubren el suelo de la habitación. Ese movimiento estudiado, clínico, que le descubre parte del tatuaje que tiene en la pantorrilla. Un rostro. El siguiente movimiento lo vuelve a cubrir. 

No pide ayuda, aunque quizás la precisa. Yo tampoco la ofrezco. Finalmente, después de un par de pasos cuidadosos, Tedesco llega a la biblioteca del fondo. Ahí recoge un manojo de revistas. 

—¿Vos querías saber de La canallada? —dice—. Acá tenés. 

Lanza al suelo unas diez revistas. El golpe es seco y levanta polvo. 

Revisar esos papeles se siente como saquear una tumba. 

 

—¿Hablaste con Magda? —dice Pedro Cángele—. Magdalena Aliberti. Ella sabe todo. 

—No me respondió. 

—Qué lástima. Ellos dos eran muy cercanos, ¿sabés? 

Pedro Cángele es librero. Tiene un puesto de usados en Parque Rivadavia; vende de todo, desde manuales escolares hasta poesía latina en ediciones bilingües. También es uno de los mayores coleccionistas de revistas literarias de la Argentina y, en teoría, una de las pocas personas que tiene los cinco números de La canallada

—Un par de veces me vinieron a hablar de la Biblioteca Nacional —dice Cángele—. Quieren comprarme todo. Yo les dije que no, obvio. Cuando me muera quizás, pero por ahora esto es todo mío. 

Mientras habla, Cángele señala a la biblioteca que hay a su alrededor: cuatro paredes con estantes desde el suelo hasta el techo. Es un santuario o un basurero, depende de quién lo mire. En su casa apenas queda espacio para sentarse. 

La canallada es totalmente ilegible, pero tiene un par de récords. Por eso me interesaba. 

—¿Cuáles?

—Bueno, para empezar, debe ser una de las revistas con mayor tasa de letalidad de la historia. En el primer número había trece firmas. En el segundo, doce. En el tercero, nueve. Me sorprende que hayan llegado a cinco ediciones.

Por un momento, Cángele juega al forense. Dice: Soldano, ataque al corazón, es decir sobredosis; Asad, lo mismo. A Muñoz lo chocó un camión cerca de Rosario. Y a Cavalieri le entraron en la casa y le pusieron un tiro, nadie sabe bien por qué. Algunos dicen que fue Tedesco, por un asunto de faldas, pero a mí me parece una exageración.

Se nota que Cángele disfruta de ejercitar su memoria. Recuerda los nombres, los años, los meses. Cada vez que duda, saca la lengua y se la muerde, como si hiciera burla. 

—¿Era una buena revista?

—¿La canallada? No, era una porquería —dice Cángele—. Fea, llenas de errores de ortografía, mal diagramada, peor impresa. La hacían ellos, de noche, en una imprenta de por acá, en Barracas. Nunca entendí hasta qué punto el dueño sabía; para mí le tiraban unos mangos al guardia nomás. La tirada era tan chica que ni se debían dar cuenta. 

Cángele se pasa la mano por la cabeza. Tiene apenas unos mechones de pelo castaño, pero es hirsuto y rebelde. Después se levanta a abrir una ventana. 

—Igual, si te digo la verdad, a mí me gusta. Es fea, pero tiene personalidad. 

 

Tedesco pasa las hojas de un cuaderno Gloria. En cada página hay un dibujo en lápiz hecho a mano alzada; son diagramas detallados de productos industriales, con vistas desde distintos ángulos y cortes longitudinales que revelan su interior. Aunque nunca hay palabras, ni números, ni medidas, muchas páginas incluyen escenas donde se retrata el uso de los productos. Pequeños personajes andróginos los aprietan, los giran, los empuñan o los cargan. 

—En esa época yo me quería hacer millonario. No sé para qué, en realidad. Para probarles a los demás que podía, que hacerse millonario era una boludez. Y se me ocurrió que la única manera, así como soy yo, era con un invento genial. Entonces me pasaba el día dibujando. Mirá, esta es una correa de paseador con cinta métrica, para regular la distancia a la que van los perros. Un tema de seguridad, claro. Este es un vaso con base de posavasos. Un trabalenguas, ¿no? Pero se entiende.

La mayoría de los dibujos son totalmente inescrutables: ni siquiera Tedesco puede entender su función. Dice que ya pasó demasiado tiempo. 

—En el momento estaba clarísimo, pero bueno, es como cuando anotás algo medio dormido, a veces te cuesta descifrarlo. Mirá, ¿esto qué es? ¿Vos te das cuenta?

—No. ¿Es una vela?

—Casi, una bengala. Dura exactamente lo mismo que el feliz cumpleaños. ¿No es genial?

Las preguntas de Tedesco solo admiten dos respuestas: el error o el asentimiento. 

 

El amigo de una amiga conoce a alguien en Archivo DiFilm, el archivo audiovisual más grande de Argentina. Por un módico precio, consigue un DVD con una copia de un programa de Odol Pregunta. El archivo está en blanco y negro y no tiene audio, pero es el único disponible. 

—Gracias, chiquito —dice Tedesco mientras mira la pantalla—. El audio no lo necesito: me acuerdo perfecto. Fijate, ahí me está preguntando por un fragmento de Proverbios. 

Tedesco entrecierra los ojos para ver mejor, cosa que le marca las arrugas en la boca y en los ojos. Sin embargo, a pesar de los años, el parecido con el chico de la pantalla es inconfundible. 

—Una joya, chiquito, realmente.

Tedesco escupe su chicle dentro del envoltorio original y se mete uno nuevo en la boca. Mastica con la boca abierta.

—¿Qué querías saber entonces? —pregunta.

—Por qué te fuiste de Buenos Aires. 

—Ah, eso. 

Tedesco gira su silla. Algo chirria en el suelo y algo chilla en la distancia. Entonces mira a los ojos como un tigre o como un verdugo, como un santo, como un rey tirano mira de pronto a sus súbditos temblorosos de temor. 

—¿Vos podés guardar un secreto? —dice. 

Mayo de 2022