Malena me había llamado dos días después de irse, desde una estación de servicio. Me había dicho que me quedara tranquilo, que me iban a pasar a buscar, que me llevaban con ellas. Que iba a estar bien, todo bien, que ellas estaban bien. Pero yo solo podía pensar en papá, que se encerraba en su habitación y gritaba y no comía. Yo cocinaba, le tocaba la puerta. Pa, ¿querés algo? Pero papá no contestaba. Y Malena que me llamaba con la voz limpia, con los pájaros sonando de fondo y yo que estaba en la casa silenciosa, en la casa de la mugre, en la casa de los golpes en la pared. No me podía ir. ¿Vos sos pelotuda, Malena?, ¿cómo lo voy a dejar solo?

