La escritura como proyecto politico. Por Mariano Lieutier

Salgo a la calle y rumbeo hacia la casa de Carlos Godoy. Ya en el bondi por alguna razón me pregunto si la literatura puede cambiar al mundo. Al bajar en San Telmo, camino unas cuadras, paso junto a familias que duermen abajo la autopista y me siento un estúpido, es obvio que no, que la literatura no va a salvarnos. 

Godoy me recibe en su departamento, ahí la mitad de su tiempo cuida a sus hijos y la otra mitad hace lo que supongo que hacen los intelectuales, es decir, pensar, leer, escribir, dormir, masturbarse, cagar y comer. 

La austeridad y lo minimalista son la estética predominante. Hay pocos muebles y su escritorio de trabajo  es  una tabla de madera sobre dos caballetes. Junto a la puerta de entrada tiene enmarcado un mapa de La Antártida. “discutir Malvinas y la Antártida es discutir colonialismo”, dice Godoy porque nota la atención que me genera el mapa: “Poner qoms en la Patagonia es una forma de discutir soberanía”, agrega, en clara referencia a su última novela.   

Atrás de la computadora, pegado a la pared como si fuera el poster de una banda de rock, hay una reproducción de la pintura Vista interior de Curuzú (1981) de Cándido López. Me quedo parado en una contemplación museística ante la obra y él se para al lado y se suma a mirar. Me dice: “Yo estuve ahí -señala el poster de Curuzú- Y es un plano imposible, porque en esa zona, junto al río, no hay lomadas ni cuchillas. Es cómo si Cándido se hubiese subido a un dron para contemplar la imagen”. 

Mientras con Godoy destapamos unas latas de birra de la marca que el Indio Solari señaló como la cerveza más fea del mundo, lanza su primera confesión: “Todo el tiempo estoy pensando la realidad del país, no puedo evitarlo”. 

Godoy tiene una onda que mezcla el conurbano con Brooklyn, es fanático de Belgrano de Córdoba y de la NBA. Tiene pinta de un tipo de barrio corte piola, y lleva una soga de plata colgada al cuello. Con esa naturalidad de quien no tiene nada que explicarle a nadie, opina sobre teoría y lee decenas de libros por año, pública en prestigiosas editoriales y portales digitales y para dentro de poco está organizando una curaduría audiovisual en una galería en Madrid. 

Peroncho 2.0. con natalicio en el año 1983, pero con la costumbre millenial de leer en Kindle o PDF. Acostumbrado al formato digital, tiene una escueta biblioteca. De los estantes elige destacar un ejemplar facsimilar del Orbis Sensualium Pictus. Un libro publicado en 1650. Posiblemente, el primer libro ilustrado para niños. Una antología de brujas, mitos y leyendas que se utilizaba para educar a los pocos niños de esa época a quienes sus institutrices les leían cuentos. 

Con pocos tragos liquidamos nuestras primeras latas. Le pregunto sobre el rol de los intelectuales en estos tiempos que parecen tan oscuros. Oscuros por este afán taxonómico de querer clasificarlo y nombrarlo todo, pero que no se sabe al final si es más bien por reprimir o controlar que por liberalizar. Le trato de esclarecer la idea: esta parece ser una época en la que en cada intento de teorizar estás caminando por un hielo demasiado fino. Godoy parece de acuerdo en lo de los tiempos oscuros. Me cuenta que durante la pandemia se repartió entre las ollas populares de la 21-24 y una curaduría artística en la Universidad Dí Tella. Se toma un tiempo para beber y reflexionar, y después dice: “Lo mío es construir comunidad. Apostar por los espacios comunitarios, sea una tarea titánica o no, es la única opción que nos queda a los artistas, para generar marcos de subsistencia. Vivimos en una contingencia absoluta. Se pretende el orden y la tranquilidad, pero el orden y la tranquilidad son la excepción. La contingencia constante y un quilombo atrás de otro son la norma. Estamos en un pico civilizatorio muy bajo”. 

Yo primero pienso que ante mi pregunta él decidió contestar otra cosa. Pero después lo entiendo, su respuesta me viene a decir que en realidad ese hielo finito del que le hablo le importa un pedo. Que para él lo único que importa es el territorio. El país.

 Me dice: “Yo no soy político. En todo caso acompaño a quienes hacen política. Me entregaría de lleno por un proyecto político más grande”. 

Cuando habla de política se entusiasma. Me tira una segunda confesión: por su carácter siempre se consideró un tipo útil para ser “buen jefe de gabinete o para estar en la cárcel”. 

Carlos Godoy tiene escritos varios libros de poemas, de ensayos, dos novelas sobre Malvinas y otra sobre el aborto con misoprostol. “Si no tuviera la certeza de que la literatura puede transformar la realidad, me dedicaría a otra cosa”, dice con plena convicción. “A veces, en un país con 50% de pobres parece ridículo pensar la soberanía territorial de la Antártida. Pero es un debate a futuro sobre colonialismo cultural que debemos dar”, dice.  

Parece el tipo de peronistas que admira la inteligencia de Borges, que leyó a Sarlo y a Saer. Así y todo, para el entrevistador, Carlos se parece menos al académico de barba y anteojos que fuma en pipa; y más al córdobes que se empilcha cheto los viernes a la noche, para ir al Sargento Cabral al baile de La Mona. 

En 1943, Raúl González Tuñón preguntó: “¿Comprenden por qué/ el poeta y el soldado / pueden ser la misma cosa?”. La respuesta no es tan obvia. Porque parecieran ser términos antagónicos. Del poeta se espera un libre pensador y el soldado está inserto en la estructura más vertical del Estado. Porque del poeta se espera sensibilidad ante la vida y del soldado frialdad ante la muerte. Sin embargo, Ho Chin Minh, el subcomandante Marcos y Federico García Lorca, son algunos ejemplos de la historia. También Paco Urondo y Rodolfo Walsh. Hasta el Che Guevara tenía algo de poeta. 

Más acá, en el en plano de la vida cotidiana, en el universo de los seres humanos de carne y hueso, Godoy transita el camino que propuso Gonzáles Tuñón: “Cuando haya que lanzar la pólvora/ el ser humano lanzará la pólvora/ Cuando haya que lanzar el libro, el ser humano lanzará el libro / De la unión de la pólvora y el libro / puede brotar la rosa más pura”. 


Carlos Godoy es un escritor con obra tanto de poesía, de narrativa y de ensayo, es a la vez intelectual y militante. A los 25 años publicó Prendas, su primer libro de poemas, por la editorial Gog & Magog. Luego publicó Can Solar, un libro de relatos, por 17grises editora. Le siguió La construcción, novela por Momofuku libros. Luego Jellyfish por Tusquets editores, y la novela La limpieza por 17grises editora. Sus ensayos Escolástica peronista y Europa fueron y son temas de debate a la hora de pensar el territorio y la política.Godoy se involucró en la gestión pública desde muy joven y estuvo expuesto a los “entramados duros del poder”. Asume la literatura como “una misión”, como parte de un “proyecto político”. Sueña con gestionar un museo. Es curador, gestor cultural, novelista, funcionario público, y hasta supo organizar fiestas de música electrónica.