Daniel Tedesco – Manuel Cantón

Dicen que encaneció de la noche a la mañana, a los veinticinco años, mientras dormía en el calabozo de la comisaría cuatro de Barracas; dicen que tiene un tatuaje de Ronald McDonald en la pantorrilla; dicen que vendía LSD en las fiestas del Di Tella y cocaína en las fiestas del Parakultural; dicen que pasó una temporada en Sierra Chica y otra en el Borda, y que escapó haciéndose pasar por médico; dicen que murió de sobredosis, de SIDA, de hambre, de aburrimiento; dicen que se puso un tiro en la noche de su cumpleaños setenta y cinco, justo después de soplar las velitas, y que sus sesos salpicaron una torta de ricota; dicen que se llamaba Daniel Tedesco, pero que en realidad todos lo conocían por el nombre que se dio a sí mismo: Dante. 

Él, en cambio, dice otra cosa. 

—Cada tanto aparece alguien por acá, un pendejo como vos, y me pide que escriba un libro. Pero yo no lo voy a hacer nunca. 

Daniel Tedesco tiene: el pelo blanco, los dientes negros, la tonada norteña. Es un hombre delgado y pequeño, con los brazos firmes y bronceados; aparenta cualquier edad entre los sesenta y los ochenta años. Salvo los ojos. Tedesco tiene la mirada de un joven depredador.

—¿Por qué?

—Fácil: porque nadie lo leería. ¿O vos te creés que a alguien le importa lo que yo tenga para decir?

Entonces limpia la mesa con el dorso de la mano. No le gusta la mugre: su casa está limpia como la celda de un monje estelar. 

—Igual, no te creas todas las boludeces que andan circulando sobre mí —dice—. A la gente le gusta inventar, son todos unos hijos de puta. Yo habré hecho algún que otro numerito, pero nunca me tatuaría un payaso. Les tengo fobia.

—¿Y lo demás?

—¿Qué es lo demás?

“Todo gran movimiento artístico tiene un artista sin obra —dice Ricardo Piglia en su conferencia “Tres tesis sobre Macedonio Fernández”—. Y ese artista es, con frecuencia, el mejor de todos, el más revolucionario. Practica un vanguardismo tan extremo que no puede ser sistematizado en un texto, pero que de todas formas existe en algún lugar entre la oralidad y la performance. La figura fue inaugurada por Sócrates, pero probablemente el ejemplo más claro sea Neal Cassady, el beat definitivo, protagonista de On the road e inspiración para Howl: un artista fundamental que jamás escribió nada que valiera la pena. En ese sentido, para los escritores argentinos del cuarenta, no hay duda de que Macedonio Fernández cumplió ese rol; Museo de la Novela de la Eterna es, como toda publicación póstuma, poco más que un accidente, un obstáculo a la hora de entender realmente su obra. Por supuesto, también tenemos encarnaciones más recientes. Para mi generación, nacida precisamente en la década del cuarenta, esa figura fue Daniel Tedesco, Dante”.

Tedesco masca chicle. Todo el día, a toda hora, Daniel Tedesco —criminal, performer, cineasta, poeta, no necesariamente en ese orden— masca chicle. Muestra, entre mordida y mordida, sus encías rojas y sus dientes negros. Lo hace con descuido y con un poco de ostentación.

En la mesada impoluta de la cocina de su casa, sobre una tabla de cortar, hay un frasco de vidrio oscuro con una tapa de corcho. Adentro: tres puñados de Bubbaloo de frutilla. 

—Empecé en el dos mil, dos mil uno. Era la única forma de dejar la merca. Al principio los compraba al por mayor, en un supermercado de Once: un changuito lleno de cajas de Bubbaloo de frutilla. Después me fui calmando. La gente cree que tengo los dientes así por culpa de la droga. Mentira: son los chicles.

A Tedesco no se le escapa la ironía. Mientras ofrece una sonrisa virulenta, recuerda su primer momento de fama, hace más de sesenta años: la época en que fue un chico en el banquillo de Odol Pregunta, el programa de televisión conducido por Cacho Fontana. 

—Me anotó mi abuela, que estaba convencida, como todas las abuelas, de que su nieto era superdotado. Categoría: estudios bíblicos. 

Tedesco explica que se crió en una familia tucumana muy tradicional, obsesivamente católica, y que en esa época estaba preparando la confirmación. Leía la Biblia todo el día, a toda hora. Se la sabía casi de memoria. 

—Esto fue en el sesenta, algo así. Pre VHS, por eso no tengo registro. Si encontrás algo me avisás, ¿no, chiquito? Creo que me gustaría verlo.

Eso llama la atención sobre Tedesco. Pide sin alegatos y sin ruegos, con dosis iguales de violencia y cariño; pide mirando a los ojos, con la barbilla alta, la voz cascada y el pelo revuelto. Cuando pide de esa forma, no importa lo que sea, uno tiene ganas de cumplir. 

—¿Daniel? Un loco. Pero no un loco lindo, para nada. Loco loco. Salió un tiempo con mi hermana cuando tenían quince, dieciséis años. Él pasaba mucho tiempo en casa porque su familia lo había echado; cómo llegó a Buenos Aires, no tengo idea. Tampoco sé qué hacía cuando no estaba en casa. Dormiría en lo de algún amigo, en la calle quizás. Trabajaba en un puesto de diario, así que quizás lo dejaban dormir ahí mismo. 

—¿Qué pasó con su hermana?

—Ella estaba muy enamorada de él, pero lo tuvo que dejar después de que Daniel se robara el perro de papá. Fue muy grave eso, en mi casa fue como si estallara la guerra. 

—¿Qué tipo de perro era?

—No sé, uno callejero. ¿Importa? Se llamaba Sabroso. No te voy a mentir: mi viejo lo trataba muy mal. Me acuerdo de que el perro veía una alpargata y se ponía a temblar. Pero eso no es excusa para nada. Ojo, esto te lo digo en confianza. No quiero que mi nombre salga en ningún lado, ¿está claro?

“Darío Taboada era un hombre sin miedo. Hablaba sin miedo, caminaba sin miedo, se reía sin miedo. Era su única virtud, pero alcanzaba para que nosotros le copiáramos hasta la forma de escupir. El Formoseño, que siempre nos envidió un poco, se burlaba diciendo que Darío era el Gran Khan, nuestro caudillo mogol. A nosotros nos decía los barbaritos. 

—¿Qué me trajiste hoy, barbarito? —decía, cada vez que llegábamos al taller. 

La respuesta variaba. Relojes suizos, parlantes alemanes, cámaras japonesas. Darío mandaba y nosotros arrasábamos. Después contaba la plata. Éramos felices con las migajas, porque era Darío, y ningún otro, quién nos las había obsequiado”. Jorge Cavalieri, “El asedio”, Una piedra en el zapato, Editorial Sudamericana. 

La casa de Tedesco tiene un gallinero en el fondo. Es una construcción casera de barro, madera, chapa y alambre; guarda cinco gallinas panzonas y un gallo con el pecho inflado. Adentro los días son crudos. Hace frío cuando hace frío y calor cuando hace calor. 

Las gallinas se acercan cuando nos ven venir. Tedesco les lanza comida desde el otro lado del alambrado. 

—¿Vos estuviste preso alguna vez? —pregunta de golpe.

—No. 

—Lo mal que hacés. Entonces solo conociste la mitad del mundo: la mitad derecha. Para mí Sierra Chica fue una revelación. 

Tedesco abre la puerta y me indica que espere del otro lado. Lo veo buscar entre los ponederos, lento, serio y preciso como los ancianos que no se resignan. No está en edad de hacer movimientos súbitos, entonces se ve obligado a reemplazar la velocidad por intención. Sus manos huesudas manejan el alambre, la chapa y la madera con la prestancia de un artista marcial. 

Vuelve con dos huevos marrones, más bien chicos. 

—¿Qué hay en la mitad izquierda del mundo?

Tedesco no duda. 

—Un incendio. 

Juan Zavala es director de cine. Se especializa en videoarte, un género con el que ganó muchos premios, incluyendo el Berlin Art Prize y la Bienal de Seúl. “Sin nunca llenar una sala”, aclara, con un tono que queda en el punto justo entre la modestia y la coquetería. Vive en un departamento cómodo y funcional de Coghlan, rodeado de libros y cintas, cerca de la estación de tren; asegura haber sido, durante su juventud, muy hermoso. No es difícil de creer: Zavala mide casi dos metros y conserva, incluso a los sesenta y dos años, los ojos almendrados de un gato y las espaldas anchas de un nadador. 

Además, a fines de la década del setenta, Zavala fue pareja de Daniel Tedesco. Tenía diecisiete años; Tedesco, treinta y dos. 

—Fue la mejor época de mi vida y la peor época de mi vida. ¿Me explico?

Zavala siente que no se explica. Entonces no cuenta: enumera. 

—Él acababa de salir de la cárcel, entonces quería hacer todo, todo lo que no había podido. Vivía veinticinco, veintiséis horas al día. Una vez me despertó en mitad de la noche para ir a Lobos, en un Torino robado, a ver una lluvia de meteoritos. Otra vez me prendió fuego dos rollos de la película que estaba rodando (bah, película: te imaginarás lo que podía ser) porque creía que estaba enamorado del protagonista. Tenía razón, por supuesto. Otra vez me armó una búsqueda del tesoro por toda la ciudad; no había un motivo particular, solo tenía ganas. El premio era una foto del Che Guevara autografiada por Borges. Al principio iba a ser una de Evita, pero después le pareció cruel aprovecharse así de un viejito ciego. 

Zavala no se detiene. Para ayudarse en el recuerdo, recoge un álbum de fotos de una de sus estanterías. Como gran parte de los objetos de la casa, ese artículo pertenece a otra época: Zavala tiene hábitos de coleccionista. Sin demasiado escándalo admite que le obsesiona la idea del registro. Si fuera por él, dice, lo filmaría todo. 

—También tengo videos de Dani haciendo sus numeritos —dice—. Tendría que buscarlos, porque contarlos no tiene sentido. Contar a Dani es imposible, te perdés la mitad de la joda; filmarlo también, pero está un poco más cerca. Todavía me acuerdo lo que nos reímos cuando fue a la tele diciendo que era hijo de Gardel. Las fechas no daban ni a palos, pero le creyeron igual. Una cosa única. 

Zavala pasa las páginas del álbum sin detenerse a mirar. Sus manos inmensas cubren las fotos casi por completo; se mueven con elegancia y también con algo de sospecha. Finalmente dice:

—Cuando se fue, yo sentí alivio. Por un lado, porque sabía que Dani no iba a durar mucho acá. Entonces estaban los milicos; Dani llenaba demasiados casilleros. Me alivié por él. Pero no te voy a mentir: también por mí. No era fácil vivir a esa velocidad. 

Entonces Zavala cierra el álbum. Lo hace despacio, con el cariño minucioso de los nostálgicos. Y suspira. 

“En algunos artistas, la genialidad es casi indistinguible de la estupidez o la locura. Ambas consisten —desde una perspectiva estrictamente formal— en discontinuar lo existente; en introducir una nueva variante en la cadena de montaje. El error, tanto en el arte como en las estampillas, puede ser tan valioso como el acierto, y la obsesión tan útil como la reflexión. Vivian Maier, Robert Walser y Federico Peralta Ramos no son menos artistas que Warhol o Borges, aunque los muevan motivos muy distintos. Después de todo, los motivos son inescrutables para todos salvo para el autor (e incluso a veces para él mismo)”. Sonia Kovetic, “Dos palabras sobre el artista llamado Dante”, Revista Trapalanda, 2003. 

Desde fines de los setenta hasta mediados de los ochenta, Tedesco fue nómade. Abandonó la Argentina en 1978, harto del clima opresivo de la última dictadura militar, y volvió recién en 1985. Esos siete años son un período definido en su vida, al punto que merecen un nombre propio: el desierto. 

—En esa época yo vivía en el desierto neoyorquino —dice Tedesco, y no agrega más. 

Hay pocos registros de esa época. Prácticamente lo único que sabemos es que, en el ochenta y dos, Tedesco vivía en París. Sabemos esto porque en ese año un pequeño incidente judicial trascendió su opacidad de exiliado. Durante una exhibición llamada Eaux publiques, en el flamante Museo Pompidou, Tedesco vandalizó una de las dieciséis reproducciones de la fuente de Duchamp que se exponían en la sala principal. Quizás predeciblemente, el vandalismo consistió en mearle encima. 

Tedesco pasó un par de noches en la cárcel y después fue liberado. 

—Tuvo suerte —dice Laura Diamanti, asesora legal de la embajada argentina en París durante 1982—. Él decía que había sido un numerito, una especie de performance, pero eso no se sostenía por ningún lado. ¿Qué clase de artista no tiene nada para mostrar, ninguna beca, ni siquiera una participación en una muestra roñosa de San Telmo? Era totalmente inverosímil. Tuvo suerte porque el museo estaba muy preocupado por evitar la publicidad, tenían miedo de que terminara inspirando a otros vándalos. Arreglaron todo con una multa y una orden de restricción.

Diamanti es una mujer mayor con ojos chispeantes y despiertos; tiene el pelo largo, teñido y tirante. Mira con suspicacia y un poco de sorna, como quien trata de adivinar el truco del mago. 

—Si te digo la verdad, me sorprende que Tedesco siga vivo —dice, mientras arregla con coquetería su pelo rubio. Después agrega—: Supongo que es el tipo de hombre que muere joven o no muere nunca. 

Zavala por WhatsApp:

Me acordé de algo. ¿Vos sabés por qué Dani se fue de Buenos Aires?

No. Creí que nadie sabía. 

Es verdad, casi nadie sabe. Y yo no te lo voy a contar, no puedo traicionarlo así. Pero fijate si él te dice. Lo más probable es que te mienta, pero yo te puedo dar la confirmación. 

“A fines de la década del ochenta, quizás el peor error que podía cometer una joven de buena familia como yo —exponente consumada de lo que Silvia Marchetti llama ‘la triple b’: burguesa, bilingüe, boluda—, era conocer a Daniel Tedesco; y aún peor que conocerlo era frecuentarlo, formar parte de ese extraño cenáculo narcótico que solía reunirse en La Academia, el bar de mala muerte donde Tedesco tenía su mesa fija, justo debajo de un retrato de Gardel. Ahí recibía a su pequeña corte de aduladores, una docena de muchachos —todos hombres— sedientos de cerveza y de autoafirmación, artistas displicentes que nunca se cansaban de hablar de sí mismos, entre los que yo era —quizás por presión de minoría— la peor y la más ruidosa. Tedesco escuchaba, cada tanto peinaba una línea, y muy de vez en cuando —no debía ocurrir ni siquiera todas las noches— hablaba en voz alta; pero cuando hablaba todos escuchábamos, como cuando un imán recita de memoria los versos de Mahoma. Hoy pienso en sus palabras y me doy cuenta de que no son, o no parecen, tan geniales como eran o nos parecían, pero yo quiero creer que, jóvenes y desencantados como éramos, esto se debe a que a las palabras les falta algo muy importante: la voz de Tedesco, el cuerpo de Tedesco, la mirada luminosa de Tedesco, que le daban una sustancia que ninguna otra cosa en el mundo podía imitar. En esos momentos, mientras hablaba, todos lo amábamos con locura, y yo especialmente”. Magdalena Aliberti, Memorias de una chica moderna, Tusquets. 

Un hombre desconfiado, con voz grave y cejas a la Jack Nicholson, dice:

—¿Tedesco? Ese tiene que estar armando algo. Los tipos como él no cambian. 

El pasillo es bajo y angosto, apenas lo suficientemente amplio como para dejar pasar a un adulto. Nos obliga a caminar en fila. Tedesco encabeza la marcha hacia el cuarto del fondo, la única habitación de la casa con la puerta cerrada. Lo demás —no es mucho— puede abarcarse con la mirada desde el living: una cocina comedor, un baño, un cuarto. 

Tedesco abre la puerta. En el cuarto hay: tres bibliotecas de acero repletas de libros comidos por la humedad; una montaña de equipo de filmación obsoleto; una bicicleta sin la rueda delantera; un escritorio con un tablero de dibujo; una bolsa de consorcio abierta llena de huesos delgados y quebradizos; una carabina de bajo calibre; dos motores de motocicleta a medio ensamblar; pilas y pilas de repuestos, partes, piezas y resabios; una bañadera antigua. 

La bañadera está llena hasta la mitad con una pasta gomosa y rosada. 

—Desde hace un año que estoy guardando los chicles. Después veo qué hago —aclara Tedesco sin darle importancia. 

Dante se recoge los pantalones y, con paso lento, mete su alpargata talle treinta y seis —“pies de princesa”, dice con una sonrisa insidiosa— entre los despojos que cubren el suelo de la habitación. Ese movimiento estudiado, clínico, que le descubre parte del tatuaje que tiene en la pantorrilla. Un rostro. El siguiente movimiento lo vuelve a cubrir. 

No pide ayuda, aunque quizás la precisa. Yo tampoco la ofrezco. Finalmente, después de un par de pasos cuidadosos, Tedesco llega a la biblioteca del fondo. Ahí recoge un manojo de revistas. 

—¿Vos querías saber de La canallada? —dice—. Acá tenés. 

Lanza al suelo unas diez revistas. El golpe es seco y levanta polvo. 

Revisar esos papeles se siente como saquear una tumba. 

—¿Hablaste con Magda? —dice Pedro Cángele—. Magdalena Aliberti. Ella sabe todo. 

—No me respondió. 

—Qué lástima. Ellos dos eran muy cercanos, ¿sabés? 

Pedro Cángele es librero. Tiene un puesto de usados en Parque Rivadavia; vende de todo, desde manuales escolares hasta poesía latina en ediciones bilingües. También es uno de los mayores coleccionistas de revistas literarias de la Argentina y, en teoría, una de las pocas personas que tiene los cinco números de La canallada

—Un par de veces me vinieron a hablar de la Biblioteca Nacional —dice Cángele—. Quieren comprarme todo. Yo les dije que no, obvio. Cuando me muera quizás, pero por ahora esto es todo mío. 

Mientras habla, Cángele señala a la biblioteca que hay a su alrededor: cuatro paredes con estantes desde el suelo hasta el techo. Es un santuario o un basurero, depende de quién lo mire. En su casa apenas queda espacio para sentarse. 

La canallada es totalmente ilegible, pero tiene un par de récords. Por eso me interesaba. 

—¿Cuáles?

—Bueno, para empezar, debe ser una de las revistas con mayor tasa de letalidad de la historia. En el primer número había trece firmas. En el segundo, doce. En el tercero, nueve. Me sorprende que hayan llegado a cinco ediciones.

Por un momento, Cángele juega al forense. Dice: Soldano, ataque al corazón, es decir sobredosis; Asad, lo mismo. A Muñoz lo chocó un camión cerca de Rosario. Y a Cavalieri le entraron en la casa y le pusieron un tiro, nadie sabe bien por qué. Algunos dicen que fue Tedesco, por un asunto de faldas, pero a mí me parece una exageración.

Se nota que Cángele disfruta de ejercitar su memoria. Recuerda los nombres, los años, los meses. Cada vez que duda, saca la lengua y se la muerde, como si hiciera burla. 

—¿Era una buena revista?

—¿La canallada? No, era una porquería —dice Cángele—. Fea, llenas de errores de ortografía, mal diagramada, peor impresa. La hacían ellos, de noche, en una imprenta de por acá, en Barracas. Nunca entendí hasta qué punto el dueño sabía; para mí le tiraban unos mangos al guardia nomás. La tirada era tan chica que ni se debían dar cuenta. 

Cángele se pasa la mano por la cabeza. Tiene apenas unos mechones de pelo castaño, pero es hirsuto y rebelde. Después se levanta a abrir una ventana. 

—Igual, si te digo la verdad, a mí me gusta. Es fea, pero tiene personalidad. 

Tedesco pasa las hojas de un cuaderno Gloria. En cada página hay un dibujo en lápiz hecho a mano alzada; son diagramas detallados de productos industriales, con vistas desde distintos ángulos y cortes longitudinales que revelan su interior. Aunque nunca hay palabras, ni números, ni medidas, muchas páginas incluyen escenas donde se retrata el uso de los productos. Pequeños personajes andróginos los aprietan, los giran, los empuñan o los cargan. 

—En esa época yo me quería hacer millonario. No sé para qué, en realidad. Para probarles a los demás que podía, que hacerse millonario era una boludez. Y se me ocurrió que la única manera, así como soy yo, era con un invento genial. Entonces me pasaba el día dibujando. Mirá, esta es una correa de paseador con cinta métrica, para regular la distancia a la que van los perros. Un tema de seguridad, claro. Este es un vaso con base de posavasos. Un trabalenguas, ¿no? Pero se entiende.

La mayoría de los dibujos son totalmente inescrutables: ni siquiera Tedesco puede entender su función. Dice que ya pasó demasiado tiempo. 

—En el momento estaba clarísimo, pero bueno, es como cuando anotás algo medio dormido, a veces te cuesta descifrarlo. Mirá, ¿esto qué es? ¿Vos te das cuenta?

—No. ¿Es una vela?

—Casi, una bengala. Dura exactamente lo mismo que el feliz cumpleaños. ¿No es genial?

Las preguntas de Tedesco solo admiten dos respuestas: el error o el asentimiento. 

El amigo de una amiga conoce a alguien en Archivo DiFilm, el archivo audiovisual más grande de Argentina. Por un módico precio, consigue un DVD con una copia de un programa de Odol Pregunta. El archivo está en blanco y negro y no tiene audio, pero es el único disponible. 

—Gracias, chiquito —dice Tedesco mientras mira la pantalla—. El audio no lo necesito: me acuerdo perfecto. Fijate, ahí me está preguntando por un fragmento de Proverbios. 

Tedesco entrecierra los ojos para ver mejor, cosa que le marca las arrugas en la boca y en los ojos. Sin embargo, a pesar de los años, el parecido con el chico de la pantalla es inconfundible. 

—Una joya, chiquito, realmente.

Tedesco escupe su chicle dentro del envoltorio original y se mete uno nuevo en la boca. Mastica con la boca abierta.

—¿Qué querías saber entonces? —pregunta.

—Por qué te fuiste de Buenos Aires. 

—Ah, eso. 

Tedesco gira su silla. Algo chirria en el suelo y algo chilla en la distancia. Entonces mira a los ojos como un tigre o como un verdugo, como un santo, como un rey tirano mira de pronto a sus súbditos temblorosos de temor. 

—¿Vos podés guardar un secreto? —dice. 

Mayo de 2022